Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Conferencia de Niza

Posted on 19th Nov 2020

 

Conferencia inaugural del coloquio internacional “Images et récits de l’exil et des exodes en Amérique Latine au XX siècle”, organizado por la Université Cote d'Azur (Niza), el Institut des Amériques y el laboratorio interdisciplinario LIRCES en la ciudad de Niza. 19/11/2020.

 

Poéticas del desencuentro 

Hace tiempo que abandoné las academias. Circunstancias adversas condicionaron el proyecto de convertirme en profesor universitario. La tesis doctoral quedó abandonada e incompleta. La invención de ficciones resultó más estimulante que el trabajo solitario del exégeta. Olvidé el vocabulario analítico de los iniciados en las Letras Duras. Los barroquismos conceptuales que tanto fascinan a algunos sectores de la crítica literaria perdieron interés, incluso sentido. Ninguna teoría hizo justicia a mi conflicto. El oficio narrativo y la afición a las novelas fueron las estrategias de abordaje más idóneas para tratar de aprehender el significado de una tragedia.

Venezuela atraviesa un prolongado periodo de aturdimiento en el que la ciudadanía ha sido destruida de manera sistemática. La desolación es absoluta. La miseria, disfrazada de ideología, ha penetrado todos los resquicios de la vida privada, convirtiendo la cotidianidad en un suplicio y el espacio público en una tierra yerma. La literatura, en ninguno de sus géneros, escapa a estos padecimientos. El escritor y el artista comparten los pesares de una comunidad devastada. Me atrevo a afirmar, aún admitiendo la refutación de algunos especialistas, que todas las obras literarias que han aparecido en el país durante los últimos veinte años son una respuesta vehemente a los constantes atropellos impuestos por la voluntad totalitaria. Las torres de marfil fueron saqueadas; las cavernas expropiadas, por lo que todo acto creativo, todo lienzo, todo poema, todo relato, todo ejercicio del pensamiento es una vívida forma de protesta. Las ficciones, los dramas, los versos, se nutren de la carestía, la nostalgia por las libertades imaginadas, la utopía de un lugar mejor, el malestar por las cosas perdidas y la resignación a la derrota. “Es como si amáramos. Es como si sintiésemos. Es como si viviéramos”, alega el poeta Rafael Cadenas en una dolorosa descripción del cansancio y de la pérdida de la esperanza.

Una mirada de conjunto sobre la experiencia literaria venezolana no puede pasar por alto el trauma del expolio, la vivencia de la dignidad vejada, tomada por asalto. El testimonio de los afligidos es uno de los géneros literarios más prolijos en esta guerra a muerte. El proyecto cultural LaVidadeNos, entre otros espacios confesionales, compila testimonios de personas humilladas, discriminadas por el imaginario militar. Mujeres y hombres de distintos oficios, de distintas edades, utilizan la palabra común, el habla cotidiana, la lengua diaria, para describir sus sinsabores, para dejar un registro escrito de lo que les tocó vivir, de lo que les pasó, a pesar de la sordera de aquellos que, impedidos por la militancia, cuestionan la humanidad de los vencidos. El discurso totalitario utiliza consignas ideológicas para maquillar sus exabruptos. En varios contextos (incluso en prestigiosas academias), la propaganda es exitosa. Resulta frecuente tropezar en ágoras extranjeras a enardecidos tertulianos que, protegidos por las libertades de sus democracias imperfectas, celebran las virtudes de un régimen espurio y menosprecian el dolor de las víctimas. A pesar de la indiferencia legitimada, la palabra queda. No solo en el papel, sino también en la nube de nuestro siglo viral e inasible. El desdén de los incrédulos no es una experiencia particular ni reciente. Muchos de los viajeros que, a mediados del siglo XX, abducidos por la belleza de los ideales soviéticos, visitaron con entusiasmo la nación dirigida por Stalin regresaron a sus países aturdidos por sus experiencias. Algunos callaron, para no defraudar a sus convicciones, pero otros contaron lo que vieron, lo que escucharon, lo que les contaron personas desafortunadas, condenadas al olvido y a la muerte. Muchos de esos relatos, sin embargo, fueron menospreciados por los gestores culturales de turno, defensores acérrimos del dogma. La figura de estos objetores de conciencia persiste hasta nuestros días, para muchos de ellos existen opresores buenos, dictaduras amables, victimarios dignos y asaltantes de camino convertidos en elegidos, ungidos por la supuesta belleza de su causa. Este modelo de pensamiento ha sido una de las taras inoperables de América Latina. La peripecia cubana no ha sido suficiente. El caso venezolano también es ejemplar. Tras veinte años de destrucción masiva la mirada política e intelectual sobre el país sigue siendo acomodaticia y selectiva. En ocasiones, se pasa por alto que la tiranía reinventó el concepto de democracia, convirtiéndolo en un conteo manipulado, silenciando las voces disidentes y criminalizando el pensamiento libre. La experiencia literaria ha tenido que hacer frente a este conjunto de aporías, soledades, refutaciones iracundas y narrativas históricas trastornadas a conciencia.

La actualidad nos es ajena. Los asuntos de interés humano y social sobre los que se debate en otros lugares del mundo no representan una prioridad en Venezuela. La supervivencia, el desafío de la rutina, tiene más importancia que el calentamiento global, los retos de la ecología o las reivindicaciones legítimas que minorías combativas reclaman con justicia frente a instituciones anacrónicas. La Revolución deformó el tiempo, no solo aniquiló el porvenir y el presente sino que inventó el pasado a su medida. El despotismo construyó su propia historia fundacional. Sin hacer ruido, de manera discreta, los ministerios educativos intervinieron los programas colegiales. Lo que resultaba molesto fue suprimido de los manuales de enseñanza. Algunos bandoleros pasaron a ser héroes y los hechos históricos se adaptaron a las premisas inamovibles de la causa. El siglo XIX sufrió un asalto a mano armada. El imaginario del proceso de independencia, las consignas, las cartas, las visiones de la política decimonónica formaron un contradictorio e incomprensible jamming con el que se pretende enaltecer el destino manifiesto del fracaso. La historia oficial de Venezuela es un relato mal escrito, incuestionable a los ojos de la Ley, confeccionado por funcionarios mediocres que, como los homos sovieticus de Svetlana Alexiévich, tienen como única motivación pasar desapercibidos frente a la estricta vigilancia del Sistema. En este contexto, el escritor venezolano es un outsider, un enemigo legítimo y peligroso que con sus herramientas puede construir relatos alternativos, inaceptables para la moral castrense.

En un artículo reciente, publicado por el diario español El País, Juan Carlos Méndez Guédez llamaba la atención sobre una de las más graves crisis de la Venezuela contemporánea: la destrucción del lenguaje. En una tertulia viajera, a finales del siglo pasado, el poeta Eugenio Montejo compartía con el escritor barquisimetano su pesadumbre por la gangrena expansiva del discurso. Veinte años después, la evidencia es irrefutable. La lengua ha sido vejada, se ha vaciado de significados, referentes, incluso de musicalidad. El saber decir es un arte desconocido e improcedente para los verdugos. La comunicación es innecesaria, porque lo que interesa es convencer por la fuerza; transformar la dicción en amenaza. Los actores políticos carecen de formas expresivas. El idioma sobrevive con cuatro fórmulas cuartelarias, aprendidas de memoria y recitadas sin gracia. No hay contenido. No hay fondo. Los creadores literarios, en esta tierra arrasada del lenguaje, tienen la responsabilidad de proteger la sintaxis, la gramática y el vocabulario, en claro peligro de extinción, de formar una coraza que custodie los restos de dignidad y de belleza del más deshonrado dialecto de América. “A la palabra todo lo consagro”, declama con pudor Yolanda Pantin en esta lucha desigual por los más elementales valores de la vida, frente a un enemigo tenaz e implacable.

No me siento capaz de confeccionar listas, enumerar temáticas o hablar de escuelas y generaciones como, desde la calma de las academias, pude aventurar en otros tiempos. No tengo la competencia ni la claridad suficiente para exponer de manera normativa las características de la literatura venezolana contemporánea porque creo que la totalidad de la cultura se encuentra silenciada por un conflicto más amplio. Quizás, en otros países americanos, con traumas legítimos pero menos invasivos, sea posible identificar voces identitarias, discursos reivindicativos, estilos o tendencias en boga, maneras novedosas de nombrar la realidad o establecer diálogos constructivos frente a la efímera viralidad de nuestros días, pero tengo la sensación de que ese tipo de digresión, referida a la Venezuela del presente, sería una frivolidad inoportuna. La búsqueda colectiva, civil, interracial, intergenérica e interdisciplinaria es la de confrontar con todos los recursos posibles la paulatina e inagotable destrucción de las instituciones y de las vidas humanas.

Un problema importante, capital en el vano ejercicio de la rebeldía, ha sido el desencuentro entre los humillados, por lo que si tuviera que elegir algún título para esta ponencia tendría que ser algo así como “ética, estética o poética del desencuentro”. El objetivo común de la ciudadanía pareciera estar claro: restaurar la libertad. Sin embargo, la discusión sobre las formas para llegar a la meta solo produce conflictos iracundos y acumula malestares irreconciliables entre los habitantes de la Babel americana. El paradigma de la antipolítica caló tan hondo en nuestro imaginario que cualquier individuo que tenga la iniciativa de dar el salto del tuit a la acción o del salón a la tribuna es defenestrado sin miramientos, convertido en inútil tarifado, sin conciencia ni vergüenza. La exposición pública, el activismo, es una afrenta para el hombre contemplativo que reclama con enjundia la aparición de un deus ex machina, incorruptible y perfecto. Desde el año 2000 hasta nuestros días ha aparecido una incontable serie de líderes de oposición, olvidados y malqueridos. Muchos de ellos fueron imbuidos por la voracidad de sus aliados, más que por la crueldad del adversario. Algunos están presos, nadie los recuerda. Algunos sobreviven en geografías remotas, bajo la intermitencia de los trabajos alimenticios. Otros fueron asesinados; cuando alzaron la voz los tildaron de necios, pero la evidencia de su sacrificio (la visión de la sangre y los cadáveres) los ha convertido en oportunos mártires. La idea de la unidad, en esta batalla tribal de egos enardecidos, se presenta como una quimera, lo que fortalece la determinación del enemigo que no tiene reparos en comprar conciencias, manipular votantes desahuciados y hacinar las celdas de sus prisiones insalubres con las almas de aquellos a los que todavía les quedan fuerzas para rebelarse. No existe un convenio general sobre las formas de confrontar al despotismo. La salida pacífica parece imposible, ingenua. La violencia, bajo los códigos morales del siglo, es una alternativa impensable y criminalizada; la negociación, las posibles amnistías, el perdón a los verdugos, resulta inaceptable para muchas personas que fueron víctimas de tortura, vejaciones o del asesinato de sus seres amados. El desencuentro es la constante, la traba primaria; la idea de país, la ética ausente.

A pesar de las dificultades descritas, existen muchas personas, dentro y fuera del país, que trabajan de manera infatigable por el repoblamiento de la tierra arrasada y lo hacen desde sus pequeños espacios, desde sus campos de acción, vigilados, pero protegidos por la perseverancia y la inteligencia. Desde la más voraz escasez, se hacen esfuerzos sobrehumanos por tomar la palabra. Los opresores han confiscado las imprentas, han monopolizado el uso del papel y la tinta, han cerrado o comprado los medios impresos por lo que todos los esfuerzos por decir “presente” tienen que hacerse con recursos artesanales y el auxilio innegociable de las voluntades exhaustas. En este escenario, vale la pena reconocer el trabajo de editoriales independientes como Eclepsidra, Ekaré, Equinoccio, Kalathos, Libros del fuego, Madera Fina o Todtmann, entre otras, que comparten con una pequeña comunidad de lectores, con tirajes mínimos pero posibles, el gesto de protesta de virtuosos ensayistas, narradores, poetas, editores, diagramadores, diseñadores gráficos y correctores de estilo. De igual forma, sin novedades ni títulos extranjeros, con costos impagables para muchas personas, quedan en pie algunas librerías, a pesar de que muchas de ellas han desaparecido. Los principales diarios de Venezuela también han tenido que cerrar. Muchos periodistas han sido perseguidos con saña y obligados a reinventarse en el exilio con reconocidos portales web en los que dignifican y celebran el ejercicio de la disidencia. En Venezuela, con contadas pero valiosas herramientas, todavía se hace cine de calidad, invisible para algunos festivales culturales, comprometidos con el dogma más que con el arte. No deja de ser impresionante el esfuerzo y la originalidad de los grupos de teatro cuyos montajes contestatarios se convocan a diario. Algunas voces literarias, tanto en narrativa como en poesía, han logrado penetrar el difícil cerco de los mercados extranjeros, para los que nuestro territorio no les supone ningún beneficio. Son pocos, pero están ahí y sus trabajos, referidos a la oscuridad, la soledad y la supervivencia son una ventana pequeña e importante que muestra a lectores foráneos fragmentos de las confesiones de una nación violada.

Quizás, en un futuro próximo, tenga la capacidad de hacer una síntesis más detallada y analítica sobre la literatura contemporánea de mi país, pero en estas circunstancias ese ejercicio me resulta imposible, por lo que preferí aprovechar la dignidad del espacio, la invitación y el tiempo que amablemente me ofrecen la Universitè Cote de Azur, el Instituto de las Américas y el Laboratorio Interdisciplinario LIRCES para denunciar un conflicto mayor cuya resolución permitirá a las mujeres y hombres de Letras en Venezuela volver a ejercer su oficio con el placer y la seguridad que conceden la libertad y la paz de la conciencia.

 

Gracias por su atención.