Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Promesas varadas

Posted on 26th Sep 2018

Después de muchos años sin hablar, Patricia me contó dos noticias infaustas. Lo primero que me dijo fue lo que le pasó a nuestra compañera de estudios, Martha de las Heras. Minutos más tarde, superada la impresión, me advirtió que el bachillerato del Promesas Patrias cerraría sus puertas de manera permanente. Hace 23 años, en el auditorio del Colegio de Médicos de Santa Fe, celebramos el acto. Rosdelis (QEPD) leyó el discurso de grado. Corría el año 1995 y ninguno de nosotros tenía como prioridad u objetivo inmediato salir del país. Ricci fue la única que se fue, pero lo hizo por un asunto familiar, las circunstancias no la expulsaron a patadas. El paso del tiempo melló las amistades, algunas permanecen incólumes, acodadas sobre el muro de piedra de la avenida Casiquiare, pero otros nos perdimos la pista. Hacía tiempo que no sabía nada de Martha.

Martha de las Heras falleció el pasado 23 de abril en el Hospital Clínico Universitario de Caracas. En otro país, su caso hubiera sido un escándalo con rigurosas consecuencias legales, pero en esta Venezuela desahuciada su trágico deceso pasó desapercibido. Ni siquiera apareció en la prensa. Solo una estudiante de la Universidad MonteÁvila, Ana Teresa del Valle, en un artículo de la revista Pluma, mirada en 360, titulado Pasos hacia el pasado: el regreso de enfermedades ya erradicadas expuso lo que ocurrió. Martha “falleció de tuberculosis, luego de contagiarse en el CDI de Chuao. De Las Heras acudió a este centro de salud luego de descompensarse en la calle. En el centro, entró en un coma diabético y los médicos automáticamente la entubaron antes de tener precisión del diagnóstico. Momentos antes habían empleado ese mismo equipo en un paciente con tuberculosis. La infortunada se contagió”. Patricia me contó que, desde hacía tiempo, Martha padecía diabetes y que, como miles de personas en el país, tenía dificultades para obtener medicamentos. Los despropósitos de la Revolución fueron los autores intelectuales de su caída. El desplome que la llevó a pedir auxilio en el lugar equivocado no fue fortuito ni espontáneo. Murió a los 39 años.

En el colegio, Martha se sentaba de primera, en la fila de la izquierda, al lado de la ventana. Le gustaban las clases de francés. Tímida, reservada, gordita, se reía de todo. Sus amigas más cercanas eran Natalie (Alicia), Liliana y Mary Rosa. La estupidez juvenil, en ocasiones, es ciega e implacable. En cuarto año, fuimos crueles con ella. Todo comenzó cuando Walter y las badgirls hicieron alguna travesura olvidada y Martha, ingenuamente, los delató. No lo hizo de mala fe. Ante la pregunta del profesor, la confesión se le escapó sin malicia, pero aquella acusación le valió el celo de nuestra inmadurez, la mantuvo aparte, condenada a los déspotas y agresivos silencios de la adolescencia. En quinto año, la situación cambió. Martha se integró al grupo de una manera más natural, sin reservas ni prejuicios. Quizás maduramos (o no). La inminencia del CNU y las pruebas de admisión universitaria enfocaron nuestra atención en otros asuntos. Martha nos acompañó a muchas fiestas, incluso a las más impresentables, las que terminaban con jornadas intensivas de la botellita o el limón, medio limón, bajo el coro incesante de las canciones de moda (Lamento boliviano, What’s up y Como un burro amarrado en la puerta del baile). Mucho tiempo después, en una fiesta de reencuentro (la última que hicimos en mi casa, quizás en 2005), los remordimientos en torno al maltrato escolar a Martha fueron redimidos. Corrían los primeros años del siglo, Facebook y WhatsApp no habían deconstruido el concepto de amistad, por lo que el mantenimiento de las relaciones humanas suponía otro tipo de convenio. En aquel tiempo (no tan lejano), no era fácil ponerse en contacto con aquellos a los que les habíamos perdido la pista. Hacerle seguimiento a este o aquel exigía tener a mano agendas físicas o contar con el auxilio de intermediarios tan engañosos como esporádicos. Inventamos la fiesta, pero se nos hizo imposible encontrar a Martha. No sabíamos nada de ella. Patricia, sin embargo, la había tropezado alguna vez en los alrededores de la farmacia de la avenida Miguel Ángel, donde se juntaba con unas amigas. Vinieron en cambote. Buscaron a Patricia en la Casiquiare y, antes de partir a Santa Mónica, decidieron dar una vuelta. La encontraron en la puerta del edificio, al lado de la farmacia, conversando con un grupo. Físicamente, había cambiado, era más delgada. Tenía el cabello corto y los ojos más claros. Era (casi) irreconocible, pero los años de convivencia vespertina fueron suficientes para identificarla. Y Jessica le gritó: “¡Martha! ¡Vente, vamos pa’una rumba!” Habían pasado 10 años desde nuestro último encuentro. No se lo pensó, se apretujó en el carro con Claudia, Gabriela, Escarlata. Esta parte del cuento no la domino a fondo, pero lo que sí sé es que llegaron juntas a mi casa y que, cuando salí a abrir la puerta, no la reconocí. Aquella noche, conversamos mucho. Nos contamos nuestros recorridos universitarios, nuestros aprendizajes, nuestros contados logros, nuestros primeros fracasos, nuestras aspiraciones, algunos planes a futuro en un país que mostraba fracturas insalvables y, sentados en la rueda de piedra (en el mismo lugar en el que grabamos algunas escenas de Fábulas de la ciudad), rescatamos las memorias del Promesas, hoy convertidas en elegía.

El 17 de junio de 2018 la periodista Marielba Núñez publicó un artículo en el diario El Nacional titulado El año escolar reprobado en el que informaba que el colegio Promesas Patrias, luego de 57 años de funcionamiento, afrontaba un cierre inminente. A los cuatrocientos centros educativos que habían cerrado sus puertas en el primer semestre, se sumaba el viejo Promesas. Cuando terminé de leer, me resultó muy fácil hacer el recorrido, bajarme del carro en la esquina, al lado del edificio de Escarlata. Subir la cuesta, echar una mirada al abasto Faial, saludar a Águila 1, el portero (bautizado por Walter) y pasar por la cantina para comprarle algún chocolate (Edición Especial) a las abuelas. Nuestro lugar de encuentro estaba en la segunda planta, al lado del matero. Uno por uno, nos íbamos juntando: Rubén, Marcos, el búlgaro. A veces nos cruzábamos con el bedel, Filadelfo, quien, pipote al hombro, saludaba con el sonoroso y clásico: “¿Qué pasó, Magallanero?”. El profesor Roldán, comiéndose una dona y leyendo el Daily Journal, hacía rondas de vigilancia. Pero el principal patrimonio del Promesas estaba colgado en las paredes que bordaban las escaleras, desde la planta baja hasta el último piso, casi hasta el techo. Era el registro fotográfico de todas las promociones que egresaron del colegio, desde su fundación en los años sesenta por el viejo Fente. Para muchos de nosotros, el significado de esas paredes es inalienable, indiferente a decretos revolucionarios, ajeno a la mediocridad legitimada y resistente a la clausura.

El Promesas era un colegio pequeño, sin las costumbres habituales de las escuelas de abolengo. No teníamos himno ni lema, y si los teníamos nadie se los sabía. En aquella época, no había grupos de gaitas ni planes vacacionales. No teníamos canchas ni auditorio. No había asociaciones de padres ni de exalumnos. Teníamos un equipo de fútbol mediocre, porque a diferencia de nuestros rivales de la zona, carecíamos de instalaciones deportivas para hacer los entrenamientos. Sin embargo, teníamos un algo impreciso e intangible. La mayoría, nos conocimos en bachillerato, aunque muchos de mis compañeros habían estudiado juntos desde la escuela primaria. Cuando, indiferentes y hedonistas, asistimos a los cursos de historia con Mary Luz y Zoraida, nunca imaginamos que, veinte años más tarde, la devastación del país sería absoluta y que Bello Monte también se convertiría en una tierra arrasada.

El cierre del colegio (del bachillerato) es un hecho. Los miserables, día tras día, ganan terreno e imponen sus viles atropellos. Sin embargo, hay lugares inexpugnables. No se puede expropiar la memoria, ni el significado de los años vividos, ni la permanencia de las relaciones humanas ni, mucho menos, el respeto a los maestros. En lo personal, cuando la vida me ha ofrecido algún logro, algún beneficio, me resulta inevitable pensar en mis profesores del Promesas. A la mayoría, no he vuelto a verlos. No los sigo en redes ni tengo sus contactos, pero mi gratitud hacia ellos es absoluta. Cuando leí la noticia del cierre recordé, uno tras otro, los rostros de María Milagros Jazzir (Latín), Antonietta Pizzitola (Francés), María Eugenia Perfetti (Filosofía y Psicología), Giusseppe Decanio (Historia del arte), Mary Luz Barral (Historia de Venezuela), Zoraida Solórzano (Sociología), Elizabeth González (Matemáticas), Juan Carlos Roldán (Inglés) -asesinado a mansalva en uno de tantos crímenes no resueltos-, Baltazar García (Geografía económica), Carlos Monagas (director) y, con especial afecto, Yelitza Cira, (Literatura), la primera persona que me dijo que si quería ser escritor lo único que tenía que hacer era quererlo, prepararme y lograrlo.

La foto de la promoción de Humanidades 94-95 del colegio Promesas Patrias de Humanidades reúne a un variopinto grupo de profesionales, formados en universidades e institutos técnicos de prestigio, con profesores de altísima calidad y compromiso, en las postrimerías de la democracia muerta. Cuando egresamos del colegio, tuvimos la oportunidad de elegir lo que quisimos estudiar, incluso de equivocarnos y, pasado algún tiempo, probar suerte en otras disciplinas. En nuestra foto aparecen psicólogas, diseñadores gráficos (entre ellos, el mejor dibujante que conozco), abogadas, licenciadas en Letras, en Artes, sociólogos, productores musicales, psicopedagogas, publicistas, administradores, emprendedores incansables y hasta un reconocido sommelier; madres y padres en su mayoría. Muchos estamos fuera, los demás sobreviven en el desierto. Elizabeth, nuestra madrina, centra el retrato de la foto de cuarto. Ahí estamos, imberbes y felices: Marcos, Vladimir, Rubén, Arturo, Vicente, Walter, Paulo y las chicas, Mary Rosa, Oriena (ahora Sarah), Cristina, Jessica, Claudia, Gabriela, Patricia, Escarlata, Jennifer, Claudiana, Reina, Liliana, Natalie (Alicia) y, los que nos acompañaron ese año, Anita, Sandra, Zoe y Carlitos Gutiérrez (Mostacho). En el banco de madera, abajo, entre Ricci y Quinteiro, con los ojos cerrados, con la sonrisa perpetua, aparece Martha. Como en el célebre museo de la inocencia de Pamuk, el retrato permanece colgado en la pared de ladrillo de un edificio en Bello Monte, un lugar vacío y sin alumnos, en el que 57 promociones de estudiantes encontraron vocaciones de vida, amistades interminables, primeros amores, profesores extraordinarios y hubo alguno que, incluso, descubrió su lugar en el mundo.

E.