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26. Vida de Luis Alberto (Adelanto editorial)

Posted on 6th Jun 2018

La madrugada del 15 de junio de 2017, enfebrecido por las noticias que llegaban de Caracas, escribí un texto titulado Recuerdos de una clase de Goya. Al día siguiente, lo publiqué en mi página web. 

Preludio

No me gusta contestar el teléfono. Casi nunca lo hago. Me aburre. Los números desconocidos son el principal objeto de mi desidia. Si el mensaje es importante, si reconozco al emisor, devuelvo la llamada en un corto plazo, pero casi siempre se trata de vendedores ambulantes, encuestadoras impertinentes o promotores de campañas de sensibilización que, de manera tácita, condenan mi falta de interés como una dolencia moral irreparable. Mi teléfono celular, por lo general, está apagado o en silencio.

Desde hacía unas semanas, me había aficionado a explorar el cine de los años setenta; escudriñando el disco duro, sin una preferencia particular, encontré la película Aeropuerto. El reloj anunciaba la medianoche. Rodrigo, mi hijo de dos años, había pasado el día con una tos seca y asfixiante, lo que me hizo dejar abierta la puerta del pasillo. El filme es bastante anodino. El primer acto se dilata hasta el sopor. El ataque de tos llegó con el cambio de giro, con el tardío estallido del conflicto. Fui hasta el cuarto y seguí las indicaciones de la pediatra, levanté el colchón, retiré los peluches de la cuna y encendí el humidificador. En el camino de vuelta escuché la vibración. El teléfono bailaba cerca del borde de la mesa de noche. No tenía intención de atender, no reconocí el número, pero el prefijo norteamericano asomó la posibilidad de un inconveniente. Mi hermana vive en Miami. Las veces que llama, antes de hacerlo, escribe por WhatsApp. La idea de un imprevisto me obligó a contestar. No reconocí la voz, pensé que se trataba de un periodista. «Hola, buenas noches. Soy Mayra Valdez, la mamá de Luis Machado». Así comenzó a gestarse esta historia.

Recuerdos de una clase de Goya, la nota necrológica que publiqué en mi web, fue nuestro punto de encuentro. La superstición de Mayra, activa y militante, encuentra motivaciones metafísicas en el hecho singular de que mi teléfono estuviera encendido a deshoras y, más aún, de que haya contestado. Lo primero que me dijo fue que algunos exalumnos, amigos de Luis, le habían dado mi número de contacto, quería agradecerme por la amable reseña. Minutos después, al agotar las formalidades, me contó que quería escribir un libro dedicado a la memoria de su hijo y que le gustaría que yo lo hiciera.

El acuerdo se cerró dos meses después, aunque al principio mostré algunas reticencias. Una serie de inconvenientes domésticos me obligó a tomarme un tiempo para valorar la propuesta. La guardería de Rodrigo estaba de vacaciones estivales, por lo que durante un mes me tocó ejercer a tiempo completo el exigente oficio de niñero. No creo ser mal padre, pero no sé tratar con niños. Mi ternura es honesta, pero acartonada. La torpeza es genuina, cosa que, curiosamente, el niño parece disfrutar. Mi falta de pericia le simpatiza. En ese lapso de paternidad exclusiva, la invitación de Mayra quedó en un segundo plano, en un correo pendiente que estimaba responder en un corto plazo, exponiendo una cordial nota de rechazo. La propuesta llegó en un momento de profunda indefensión profesional. A mis treinta y nueve años, la apuesta por la escritura no terminaba de cuajar. Mi trabajo literario estaba en un bache. Ningún proyecto parecía consolidarse y todas las conversaciones sobre ideas de escritura creativa o producción de contenidos terminaban en vagas ilusiones, desengaños o estafas. El oficio era una continua y agotadora improvisación en un mercado desabastecido, hermético y burlesco. Mi economía era una parodia. Cuando Mayra Valdez me dijo que quería escribir un libro dedicado a la memoria de su hijo, la desmoralización era absoluta. La edad insinuaba con argumentos razonables que mis contados logros eran un autoengaño y el sentido común sugería que, si quería ofrecerle un mínimo de calidad de vida a Rodrigo, debía dedicarme a un asunto más rentable. La rebeldía, sin embargo, ha sido mi perdición y mi fortuna. Algo me decía que no podía dejar pasar la oportunidad de contar la historia de Luis Alberto, que valía la pena indagar en su peripecia, que el trato cotidiano con su memoria me permitiría confrontar (y con suerte comprender) una serie de dilemas para los que nunca he encontrado respuestas: la existencia de Dios, la idea del destino, la fragilidad de los seres humanos, la finitud, el terror a la pérdida de los seres amados y por último, no menos importante, el significado de la vida en un lugar llamado Venezuela. Durante días, el insomnio hizo acopio de angustias e incertidumbres. Antes de tomar una decisión, escribí Luis Machado Valdez en Google y en los buscadores de mis redes sociales. Comencé a tomar apuntes, a imaginar un argumento y, sin darme cuenta, a construir algo parecido a una novela. «Esta bien, Mayra —escribí por WhatsApp. Habían pasado dos meses desde su primera llamada—. Cuenta conmigo».

Abordé este proyecto con más dudas que certezas. La intuición, durante mucho tiempo, fue mi consejera más asidua. La primera preocupación tuvo que ver con la ficcionalización del protagonista, con la libre manipulación de su memoria. La piedra angular de mi dilema fue (y, en parte, aún es) la sutil diferencia entre persona y personaje. Existe un componente ético en la naturaleza del individuo encarnado, real, que no suelo tener presente en mi trato con la ficción, donde la dignidad de los sujetos no deja de ser un artificio. La aproximación a la vida de Luis Machado me obligó a relacionarme de otra manera con la imaginación literaria, a adoptar un modelo más periodístico. Durante las primeras semanas de investigación, me dediqué a compilar testimonios, trazar cronologías, enumerar hechos objetivos, con el fin de otorgarle al relato un componente de veracidad asertivo y necesario. A diferencia de mis novelas anteriores, la trama ya estaba escrita.

Otra inquietud, no menos importante, tenía que ver con las expectativas de Mayra. Mi respeto por su duelo, por su experiencia del vacío, me obligó a ser sumamente cuidadoso con el tratamiento de la pérdida. Muchas veces me pregunté si, al confiarme la responsabilidad de contar la vida de su hijo, esperaba que construyera una especie de hagiografía, un compendio de menciones laudatorias o un sentimental inventario de pesares, inspirado en los comentarios que sus amigos cercanos explayaron en las redes sociales; pero también me preocupaba encontrarme con una persona por la que no sintiera afecto. A fin de cuentas, a Luis Machado yo no lo conocía. La probabilidad de que el adolescente febril con el que había coincidido hacía más de diez años hubiera desaparecido era bastante alta. Lo primero que descubrí al reencontrarme con su historia fue que su simpatía, el rasgo más excelso de sus años escolares, se había mantenido incólume. El compendio de testimonios recogidos en los últimos meses me permite afirmar, sin margen de error, que Luis Machado tenía una personalidad avasallante, una energía cegadora e incombustible. Los comentarios que, después del 14 de junio, saturaron las redes sociales no fueron lamentos de ocasión u oportunas palabras de consuelo. El pesar colectivo era real. Las descripciones de allegados y dolientes coinciden en múltiples aspectos: Luis Machado tenía la capacidad rara e intuitiva de hacer sentir bien a los demás, reparar autoestimas fallidas, reforzar virtudes problematizadas, minimizar complejos, aligerar preocupaciones y, ante cualquier adversidad, celebrar el sacramento de la risa. Ese hallazgo, ese componente lúdico de su vida breve, hizo que nuestro reencuentro fuera mucho más sencillo. Me interesaba, sin embargo, descubrir lo que había detrás de la sonrisa, desfragmentar la carcajada diaria. Quería poner sobre la mesa sus oscuridades y sus luces, sus sueños y sus pesadillas, sus aciertos y sus culpas, sus alegrías y sus lamentos, sus cualidades y sus miedos. En este periplo, encontré la existencia de un Luis público sobre el que la mayoría de las apreciaciones coinciden, el individuo divertido y fresh (eternamente fresh), pero también descubrí los avatares de un Luis privado, mucho más esquivo y arisco, que tenía mucho que decir.

No quise pasar por alto la oportunidad de hacer una pertinente reflexión generacional, aprovechar mi acercamiento a la intimidad de un venezolano de veintiséis años para improvisar una mirada de conjunto sobre las expectativas y carencias de la juventud en nuestro país. Me intimida pensar que las personas nacidas en Venezuela durante los últimos años del siglo XX, y durante la primera década del XXI, solo han tenido la experiencia del abismo. Desde su mocedad, asistieron a la institucionalización de la miseria, la destrucción sistemática del lenguaje y, entre otros desmanes, al uso cotidiano de la injuria para descalificar a todo aquel que manifieste su descontento contra una ideología fallida y esperpéntica. El liderazgo se les presentó como un concepto darwinista e implacable para el que el ejercicio del poder supone el asesinato moral (y a veces físico) del otro. Estos niños fueron testigos de excepción del hundimiento del país, del deterioro emocional y material de sus familiares, del progresivo aprendizaje de la pobreza; porque la Revolución, en lugar de imponer un modelo de ascenso social, trazó su línea igualitaria en el Guaire, convirtiendo la esperanza en desecho y la calidad de vida en utopía. Los menos favorecidos fueron obligados a permanecer en el inframundo, alienados por un clientelismo maquiavélico, mientras que la masa informe de la clase media llevó al límite sus posibilidades de subsistencia, perdiendo en el camino la salud, la dignidad, el humor y, en ocasiones, la vida misma. La generación de Luis no posee referentes nacionales de excelencia. Esta juventud, sobreexpuesta al despropósito, se vio obligada a aprehender la premisa totalitaria de que el mundo no era para ellos. A estos muchachos les tocó vivir en un país desahuciado, pero, curiosamente, muchos de ellos han sido los que han alzado la voz con más ímpetu, los que luchan de manera incansable, los que se niegan a desaparecer sin dejar constancia de su protesta, los que han caído, los que día tras día caen y que, humillados y ofendidos, todavía siguen ahí.

Luis Alberto Machado falleció en un año trágico, durante uno de los momentos de rebelión civil más enérgicos y enfebrecidos de la historia contemporánea del país. Entre los meses de abril y julio de 2017 más de cien personas perdieron la vida como consecuencia de la brutal represión llevada a cabo por un gobierno déspota e insensato. Los combatientes civiles (hombres y mujeres, ancianos, jóvenes) fueron maltratados con saña, degradados y sometidos a vejaciones desalmadas. La Revolución Bolivariana, enardecida, voraz, arremetió contra cualquier amago de disidencia, dejando a su paso notorias evidencias de crímenes que, en un futuro cercano, serán reclamados con rigor por los tribunales que juzgan las cuestiones humanas. El accidente en el que perdieron la vida Luis Alberto Machado y José Amador Lorenzo González ocurrió al margen del conflicto, pero estuvo condicionado por la guerra. Ellos también fueron víctimas del asedio, aunque no sean recordados como mártires ni héroes de nuestra patria triste.

La estructura preliminar del libro sugerido por Mayra Valdez me hizo un guiño imprevisto, me advirtió algo que había pasado por alto en los borradores iniciales. Al comenzar a redactar los dichos y hechos de Luis Machado, me di cuenta de que estas páginas, inspiradas por él, tenían en realidad otro argumento. El diálogo cotidiano con el protagonista me sugirió otro abordaje del asunto. A medida que me sumergía en su mundo, en las instancias de su vida privada, convirtiendo su intimidad en lenguaje, descubrí que el núcleo de este relato se debe en realidad a los que permanecen, a las personas que Luis Alberto dejó atrás y que, día tras día, confrontan la responsabilidad de su ausencia. 26 es una reflexión sobre la pérdida, la soledad, el desasosiego, la añoranza, la melancolía y el desgarramiento; se trata de un ensayo biográfico incompleto, en permanente construcción, protagonizado por la familia Machado Valdez y el entorno de inquebrantables afectos que rodearon la vida de Luis Alberto. Tengo la impresión de que esta conversación abierta entre dimensiones ajenas, esta novela escrita a cuatro manos, este pensamiento trágico sobre el significado de lo efímero, es en realidad el punto de giro de un ciclo de aflicción, una elegante despedida, la invitación a vivir que Luis le hace a todos aquellos que lo conocieron; un agradecimiento, un hasta luego, un cambio de marcha en las impredecibles estrategias del amor y la memoria.

La esencia carismática e infatigable de Luis Machado es inapresable para el oficio literario. Ningún conjunto de palabras es capaz de aglutinar su incandescente energía. Mi proyecto biográfico, en este sentido, pareciera estar condenado al fracaso. No todos tenemos el privilegio de decir levántate y anda, como refieren las historias sagradas. Después de las palabras, nuestro mundo seguirá siendo el mismo: ciego, doliente e implacable. Incluso para la poesía, la realidad es inmutable. Tengo la certidumbre, sin embargo, de que todos los involucrados en esta gesta familiar, discreta e íntima, sentirán un vago regocijo al repasar el camino de Luis, acercarse a sus talentos, aptitudes, aciertos, errores y desafueros; descubrirlo y reencontrarlo. «La vida comienza y avanza. El otoño siempre a la espera. Siempre somos la deriva en marcha», afirma la poeta norteamericana Mary Jo Bang en su dolorosa Elegía (poemario dedicado a la memoria de un hijo fallecido). Algo así, pero con otras palabras, me dijo Luis Alberto en una madrugada reciente en la que, mortificado por saber que nunca podría satisfacer las expectativas de Mayra, el sueño me derrotó. «La vida continúa Gorda, , Maritza, Menor, Juanifu, Chumi. Sigan, sigan, sigan…», susurró en duermevela, levantando su rostro del pupitre, con El Coloso de Goya, al fondo, atravesando un campo de batalla. 26 es el humilde intento de hacer llegar esa encomienda.    

 

DISPONIBLE EN LIBRERÍAS DE VENEZUELA A PARTIR DEL 14 DE JUNIO DE 2018.

PRÓXIMANTE EN FORMATO eBook.