Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Lisbeth Añez, la convicción inquebrantable

Posted on 15th Sep 2017

Foto:Cedida por la familia González Añez.

La mañana del jueves once de mayo, Luis Fernando González recibió una llamada de un número desconocido. Al instante, reconoció la voz. En menos de cinco segundos, su mamá le contó que una aeromoza, esquivando la vigilancia militar, le había prestado su teléfono celular. No tenía tiempo para contarle los detalles, pero acababan de detenerla en el aeropuerto de Maiquetía. Colgó sin despedirse. Aturdido por las circunstancias, Luis escribió el nombre de su madre en los buscadores de sus redes sociales. Un tuit de Jeannette Prieto, abogada de la casa, confirmó la noticia: su cliente, Lisbeth Añez, había sido apresada antes de abordar un avión con destino a los Estados Unidos por los presuntos delitos de rebelión militar y traición a la patria. El calvario de Lisbeth en las celdas hacinadas del Helicoide duraría ciento dieciocho días. Esta es parte de su historia.

2014 fue un punto de inflexión en la vida de Lisbeth. Los violentos sucesos del siete mayo, que llevaron a la cárcel a doscientos cuarenta y tres estudiantes, representaron para ella un cambio de paradigma. Lo que comenzó como una inquietud altruista, como un empeño noble por ayudar a unos jóvenes combativos y desamparados, se convertiría, con el paso del tiempo, en una cruzada irrevocable. Antes del asesinato de Bassil da Costa y el estallido social que asoló, entonces, las calles de Venezuela, los intereses de Lisbeth permanecían confinados al ámbito privado, a las rutinas habituales del trabajo y la casa. Administradora, egresada de la Universidad José María Vargas, ocupó, durante mucho tiempo, un importante cargo de gerencia en una óptica de prestigio. El rigor del horario laboral, extensible a los fines de semana, hacía que empeñara su tiempo libre en la compañía de sus hijos, en la seguridad y las bondades del espacio doméstico. Un domingo cualquiera, evocado desde el presente por su hijo mayor, Luis Fernando, tiene olor a tabulé y a kibbe, platos fetiche de una gastronomía predilecta, compartida en familia en su casa de Los Samanes. En aquel tiempo, el orden del mundo parecía conformarse con esas convenciones intimistas, pero la realidad aciaga y el deterioro creciente del país en el que le tocó vivir, de improviso tocaron a su puerta.

Las protestas de 2014 comenzaron en el estado Táchira. Una joven estudiante fue agredida en la Universidad de los Andes, en las adyacencias del jardín botánico. El intento de violación fue repudiado por sus compañeros, cansados de convivir con la inseguridad alebrestada. Obstinados, salieron a la calle a denunciar su hartazgo. La represión gubernamental fue desproporcionada, brutal e innecesaria. El descontento popular, dinamitado por los sucesos del Táchira, se extendió a lo largo y ancho del territorio. Lisbeth leyó la noticia, haciendo acopio de indignación e impotencia. El Movimiento Estudiantil acaparó los titulares de prensa, la resistencia de los jóvenes venezolanos contra el gobierno de Nicolás Maduro trascendió las fronteras. El interés mundial, de manera discreta, encontró un foco de atención en las aguerridas calles de Venezuela. Los líderes del movimiento, conscientes de la utilidad (y la fugacidad) de ese interés, coordinaron la instalación de distintos campamentos en las adyacencias de las oficinas de la ONU y de la OEA, ubicadas en Caracas. Centenares de estudiantes abandonaron la provincia y se instalaron con sus carpas en distintas plazas de la capital. En este contexto, Lisbeth sintió la necesidad de hacer algo, de involucrarse en alguna causa que anestesiara su malestar moral. No sabía muy bien qué hacer ni cómo hacerlo, no sabía por dónde comenzar, pero reconocía que había llegado el momento de tomar la palabra. Junto a un grupo de amigas, inició un recorrido singular por las zonas de acampada, interesándose por las historias particulares de los protagonistas de la protesta. Al principio, Luis Fernando no le dio mucha importancia al gesto filantrópico de su madre, pensó que sería algo pasajero, una valiosa distracción a su exigente rutina laboral. Todas las mañanas la veía con curiosidad armando las bolsas de suministros (comida, medicinas, ropa), cada una identificada con un nombre propio. Alguna vez, contaminado por su entusiasmo, la ayudó a preparar los enseres, sin imaginar que, en un corto plazo, ese acercamiento transformaría por completo su vida y su visión del mundo.

El ocho de mayo de 2014, el entonces Ministro del Interior, Miguel Rodríguez Torres (celebrado en nuestros días por algunos protestantes como adalid de la lucha contra la dictadura), anunció en rueda de prensa el exitoso desmantelamiento de los campamentos de extrema derecha, la incautación de drogas y explosivos en los centros de acopio y la captura de doscientos cuarenta y tres jóvenes en un operativo que reunió a más de setecientos guardias nacionales y un centenar de integrantes de la Policía Nacional Bolivariana. Días después del asedio, la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz (celebrada también, en nuestros días extraños, como un referente de integridad), justificó el asalto alegando que muchos de los jóvenes que liderizaban la protesta se encontraban bajo los efectos de las drogas. El espíritu libertario de Lisbeth no se amedrentó con esta noticia. Su reciente inmersión en la realidad, el descubrimiento de las adversidades de un sector invisible de la juventud venezolana y el trato cotidiano con el hundimiento de una generación desahuciada por sus gobernantes, convirtieron sus impulsos filantrópicos en una causa consciente, firme e inquebrantable. Cuando ocurrió el desalojo, hacía tiempo que Lisbeth Añez había asimilado su compromiso humanitario, por lo que, ante las nuevas circunstancias, se propuso la misión de velar por el bienestar de los cautivos. Durante meses, visitó los lugares de reclusión en los que permanecían centenares de personas condenadas a su suerte, bajo el capricho de gendarmes envilecidos, tribunales arbitrarios y jueces tarifados. Solo aquellos que han padecido el presidio en Venezuela son capaces de describir la soledad del cadalso, los matices del silencio, el valor de una voz humana, el temor ante las intenciones (y las pasiones) de los más abyectos vigilantes. Para muchos de los jóvenes secuestrados por el gobierno de Nicolás Maduro, la aparición de Lisbeth Añez tuvo el efecto de un milagro. Mamá Lis, el cariñoso apodo con el que pasaron a conocerla en el inframundo de las cárceles, describe por sí mismo el significado de su presencia. Lisbeth no solo atendía las necesidades materiales de los muchachos, a muchos de ellos los ayudó a establecer contacto con sus familiares, desinformados (y desesperados) en la provincia; sus visitas constantes cumplían con la ardua tarea de transmitir una idea vivaz e imperecedera de esperanza.

Algunos testimonios, amparados en la seguridad del anonimato, coinciden en una denuncia: cuando desmantelaron los campamentos, los funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana le robaron a los jóvenes detenidos todas sus pertenencias; el poco dinero que tenían desapareció en los bolsillos de los uniformes, por lo que, para muchos de ellos, la libertad también era una trampa. Cuando, días después del asalto, el gobierno liberaba estudiantes al azar con la intención de decirle al resto del mundo que hacían una labor humanitaria, la mayoría de los libertos no tenía recursos suficientes para sobrevivir en el Averno de Caracas, ni siquiera para costear el regreso a sus lugares de origen. Lisbeth Añez, entonces, abrió las puertas de su casa. Stephanie Brito, estudiante de Derecho, conoció a MamáLis dos días después de ser liberada. “Ella acogió a un grupo de personas de Barquisimeto y Maracaibo. Nos dio techo y comida, pero no solo eso, también nos dio cariño. Lloraba con nosotros, reía con nosotros, era el apoyo más grande que teníamos”. Durante tres años, Lisbeth Añez fue consecuente con su causa, sin desatender o perder de vista a ninguno de sus vástagos. Se convirtió en una figura pública, incómoda para el régimen, en una peligrosa y acérrima enemiga del pueblo.

Entre tragedias humanas y bochornosos números de comedia política, llegó 2017. La sociedad venezolana sufrió un profundo sacudimiento. En este período, el chavismo/madurismo definió su incuestionable lugar de perdición en las páginas de la historia. Los dramáticos relatos de José Rafael Pocaterra o José Vicente Abreu, referidos a las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, “parecen el episodio del Chavo en Acapulco, al lado de los atropellos que los militares cometen a diario” (frase lúdica que escuché por ahí, durante los días de la guerra). La batalla por la libertad comenzó en el mes de marzo, dejando un saldo de víctimas desgarrador y grotesco. Lisbeth Añez nunca cesó en su empeño de acompañar a los presidiarios, a los antiguos y a los nuevos. Su convicción fue su error trágico. La solidaridad, tipificada como delito por los mercaderes de las leyes bolivarianas, apuntó su nombre en una lista negra. Los directivos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar identificaron sus aptitudes como un peligro potencial y contagioso, por lo que lo más conveniente era neutralizarla. Luis Fernando sospechaba que, más temprano que tarde, ocurriría lo que ocurrió en Maiquetía; eran días inciertos, de lucha continua y enfebrecida. La red de trabajo de Lisbeth, el equipo de activistas que había conformado desde las acampadas de 2014, poco a poco, fue reducido. Amigos de la casa fueron capturados de improviso, otros aparecían retenidos en cuarteles militares, golpeados y vejados, suscribiendo confesiones irracionales. La hepatitis C, enfermedad que, dada la escasez de medicinas en el país, Lisbeth no había logrado tratarse, fue el argumento con el que la familia logró convencerla para que viajara a los Estados Unidos. La decisión no fue fácil. No era tiempo de abandonar la lucha, pero la hostilidad del entorno sugería que, en cualquier momento, el irracionalismo militar arremetería contra ella. Cuando, el once de mayo, Luis Fernando recibió una llamada de un número desconocido, una parte de él supo lo que había ocurrido.

Ciento dieciocho días después de un cautiverio infausto, Lisbeth Añez fue liberada. La labor de visibilización, ruido y denuncia que llevó a cabo su familia, respaldada por el Foro Penal y un sinfín de estudiantes comprometidos con su causa ha sido inmensa y extenuante. Durante el presidio de Lisbeth, las vidas de los hermanos González Añez dieron un giro copernicano. La ausencia de la madre obligó a Luis a tomar el testigo, a hacerse responsable de las causas que quedaron a medias. El joven estudiante de Química, aficionado al senderismo y al piano, desinteresado por la vida política, se vio forzado a hacerse un lugar en el campo de batalla. Y en esa lucha dispareja contra las huestes rojas, aprendió a valorar de una manera mucho más honda el significado de la ciudadanía, la dimensión ética del compromiso y la necesidad de volver a otorgarle un mínimo de sentido a la vida humana, ese rasgo prescindible y vulgarizado en la Venezuela contemporánea. Luis capitalizó la labor de su madre. No fue fácil. La madurez fue abrupta, pero el hombre adulto permaneció en pie y reconoce haber vivido un enriquecedor aprendizaje. “Si algo me enseñó mi mamá en estos tiempos difíciles, fue a descubrir la fortaleza interior. Algo que yo heredé de ella, y de lo que estoy muy orgulloso, es el valor de la templanza. De alguna forma, la estadía en el Helicoide fortaleció su espíritu”. Lisbeth nunca fue torturada físicamente. Reconoce, incluso, haber sido tratada con cierta consideración por algunos carceleros, pero el agravio psicológico fue muy dañino para ella y su entorno. “Muchas veces, cuando la visitaba, angustiado, nervioso, desbordado por el estrés al verla en ese lugar tan horrible, su sola presencia me ofrecía una seguridad inmensa. Su rostro me transmitía paz, calma y mesura. Impresionado, me decía: ‘es increíble como mi mamá, estando aquí, mantiene su fe y su equilibrio’. Sin duda, toda la parte religiosa de mi mamá me ayudó a sobrevivir este calvario. Si no hubiera sido por esa fuerza que mantuvo, creo que yo no habría podido con todo esto”.

El pasado seis de septiembre, tras una esperada y pasotista audiencia, Lisbeth Añez fue liberada bajo medidas cautelares. Las visitas a los centros de reclusión, entre otras prácticas comunes de su oficio humanitario, quedaron prohibidas, so pena de reincidencia. Pero la condena, la absurda condena, la convirtió en un heroico símbolo de lucha. La brutalidad de los gendarmes no contaba con el daño colateral del ejemplo, porque en un contexto de desmoralización continua, de constante sensación de derrota, la existencia de personas como Lisbeth representa, sin duda, un espaldarazo moral, un destello distante de libertad posible. Así lo reconoce, entre otros, Stephanie Brito, la joven estudiante de Derecho que residió en su casa durante los días del terror: “Venezuela vale la pena, porque su gente lo vale. MamáLis es un ejemplo, ella es para nosotros un motivo de lucha”.

Actualmente, en Venezuela hay más de seiscientos presos políticos, según el último informe del Foro Penal. La resistencia no cesa, a pesar de que la calle parece haberse tomado un respiro. Los malvados se sienten a sus anchas, cómodos, convencidos de que ganaron la batalla más ardua y de que, pase lo que pase, siempre estarán ahí, ostentando su miserable poder. Sin embargo, a pesar de las humillaciones cotidianas, resulta reconfortante tropezar con historias como la de Lisbeth. Su peripecia, su viaje a lo profundo, sugiere a los incrédulos una aguda reflexión en torno al valor de las convicciones humanas, la responsabilidad individual, la voluntad ética, la idea de país y, sobre todo, la paz de la conciencia.