Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Recuerdos de una clase de Goya

Posted on 15th Jun 2017

En memoria de Luis Machado.

Hoy desperté con la noticia del fallecimiento de mi exalumno Luis Machado. Hace tiempo que nos habíamos perdido la pista. No recuerdo cuándo fue la última vez que coincidimos. La mala memoria sugiere que ocurrió hace diez años, en la fiesta de grado de la promoción 80. Me acerqué un rato a conversar con los chamos de la 81, en una mesa cerca de la entrada. Sospecho que ese fue nuestro último encuentro.

Los docentes de vocación tenemos un defecto (aunque no sé si se trate de un defecto). Los chamos egresan del colegio y, repentinamente, se convierten en hombres y mujeres adultos, en profesionales competentes, pero para nosotros siguen siendo los mismos carajitos con franela beige que, en rebelión continua, buscaban a tientas su lugar en el mundo. Cuando Rebeca Pellico, amiga y colega, me contó lo que ocurrió ayer en Santa Fe, lo primero que hice fue visualizar el lugar de Luis en el salón de cuarto año, ubicar su pupitre al final de la segunda fila, al lado de Mellior y Boccardo, cerca del grupo de los futboleros. A pesar de los alegatos de la realidad, pude verlo sin dificultad, vivo e inmutable, con los rasgos de aquellos años, con la camisa por fuera, transgrediendo alguna regla escolar por el mero placer de llevar la contraria.

También me acordé de su letra. Luis tenía una letra difícil, de trazo grueso, corrida; no era ilegible pero sí exigente. Revisar sus exámenes era una tarea ardua. No diría que era flojo, pero sí disperso, enceguecido por la edad, enamorado de su juventud interminable y, comprensiblemente, desinteresado por las clases de historia del arte. Formó parte de un salón complicado, de los más difíciles con los que trabajé; un grupo por el que, a pesar del tiempo y la distancia, profeso un afecto inquebrantable.

Luis era uno de esos estudiantes aficionados al inocente saboteo, a conversar con sus vecinos, a quedarse dormido durante las clases, pero lo hacia con un desparpajo entrañable, con una gracia que hacía imposible cualquier reclamo pedagógico; prestaba atención a su manera, con estilo, no era mal estudiante (Rebeca me cuenta que en quinto año se enserió y se volvió mucho más diligente). Creo que me quedaré con esa imagen del aula, con alguna siesta durante la clase de los martes al mediodía, después de Educación Física… La mano derecha le sostiene el rostro adormilado, tiene la boca abierta. En el retroproyector, la figura de un gigante que atraviesa un campo de batalla. “¡Machado, despierte, por favor!”. Entonces, abre los ojos. “¡Toy despierto, Edu, toy despierto! Tranquilo que te estoy parando. Ese cuadro se llama El Coloso y es de Goya. ¿Viste?”.  Y así, cerrando los ojos, regresa a las estancias de su curioso y singular sueño atento.

E. 

PD: En esta oportunidad, preferí recordar a la persona, al viejo amigo, por lo que no hice referencia a las circunstancias del suceso ni a los desastres de la guerra.