Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Transilvania unplugged, prólogo a la segunda edición.

Posted on 9th Dec 2015

   

“Déjame atravesar el viento sin documentos / que lo haré por el tiempo que tuvimos”. Los Rodríguez. Fragmento de canción popular que, en el verano de 2006, escuchamos una y otra vez en las carreteras de Rumania.

Transilvania unplugged fue mi primera novela. Cuando la escribí, no tenía los argumentos (ni la experiencia suficiente) para imaginarla en una librería. La expectativa de su publicación era una quimera. Años más tarde, el balance me sugiere que aprendí algunas de las más arduas complejidades del oficio con la redacción y las continuas revisiones a las que se enfrentó este accidentado manuscrito. Todo lo que hice antes de Transilvania, cuya primera versión (amparada en una cita de Claudio Magris) se llamaba La majestad del asno, fueron ejercicios fallidos, relatos inconclusos que no supe cerrar. La decisión de EdicionesB de reeditar la historia de Luzny Hervazy me permite hacer una reflexión memorialista sobre los orígenes de esta novela primeriza.

  

Transilvania unplugged tuvo dos puntos de partida concretos: la experiencia académica y el viaje. El concepto de desterritorialización en la obra de Jorge Volpi (algo así, quizás un poco más pomposo), fue el título de mi tesis de grado en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello. En mis últimos años de formación, fui abducido por la generación del crack. El movimiento mexicano cautivó mi imaginación irascible e ingenua. Amphitryon (Padilla, 2000) y En busca de Klingsor (Volpi, 1999), entre otras, fueron reveladores hallazgos. La hemorragia latinoamericana, el discurso trágico sobre los padecimientos del subcontinente, siempre me provocó un aburrimiento ejemplar. No me interesaba, entonces, explorar una visión de la literatura de corte victimista por lo que, durante mucho tiempo, anduve tras la pista de narraciones ajenas al paradigma sufriente. Fue cuando, motivado por mi profesor de Teoría Literaria, Luis Alfredo Álvarez, me acerqué a las novelas del crack. Aquellas lecturas (a las que, con el paso de los años, les he perdido afecto) representaron un cambio de paradigma. Otro punto de inflexión fue la emergencia de Roberto Bolaño. El ruido mediático de los Premios Rómulo Gallegos y Herralde que, recientemente, se habían otorgado a Los detectives salvajes, llamaron mi atención sobre la obra de este singular apátrida. Más aún, el rechazo visceral que un profesor reaccionario mostró contra la novela galardonada alentó mi entusiasmo. Lo que los intolerantes rechazan, por lo general, cuenta con mi simpatía. La primera lectura de Los detectives salvajes (así como, años atrás, había sido la primera visualización de Pulp Fiction) me dejó algo perplejo, pero no resultó reveladora. La novela de Bolaño que desbarató mi imaginario fue Nocturno de Chile.  Transilvania unplugged, en gran medida, es heredera de esas influencias. Sabía que la literatura que buscaba (la que quería hacer) transitaba por esos enrevesados caminos.

 

Cuando comencé a trazar el argumento no tenía muy claro lo que quería contar. La resolución del conflicto me lo dio una experiencia práctica: un viaje. No encontré la historia hasta el año 2006 cuando, junto a tres de mis mejores amigos, hice un viaje de mochilero por Europa del Este. Nos encontramos en Múnich. Las primeras jornadas exploramos Nuremberg y otros pueblos bávaros. Días más tarde, el Eurail nos llevó hasta Praga, Viena y Budapest. El plan inicial terminaba en Hungría. El resto de la ruta decidimos improvisarlo. Las posibilidades de peregrinación se barajaron en servilletas de tabernas oscuras: Serbia, Bosnia, Croacia. No recuerdo quién lo dijo: “¿Y si nos vamos a Rumania?”. El tren salió de Budapest al mediodía. Diez horas más tarde llegamos a Cluj-Napoca. La imaginación literaria comenzó a buscar referentes siniestros (modelados por la tribu de Bram Stoker), pero la realidad defraudó mi expectativa gótica. Cluj era una ciudad normal, universitaria y en obras. El lei, la moneda rumana, era mucho más asequible que el euro por lo que, aún con las limitaciones del infame Cadivi, examinamos el presupuesto y alquilamos un carro. Durante doce días recorrimos las más inhóspitas carreteras del centro de Rumania. La última parada fue el Mar Negro, la ciudad portuaria de Constanza. La experiencia me convirtió en un cautivo de Transilvania, Los Cárpatos fueron una obsesión. La fascinación por el paisaje me dio el impulso que buscaba para contar una historia exótica, algo que pudiera vincular a mis sobrestimadas teorías del crack mexicano y las lecturas iniciáticas de Roberto Bolaño. Las carretas de paja, dispersas a lo largo de la vía, nos hicieron pensar que habíamos aventurado un viaje en el tiempo. Vimos situaciones extrañas, inéditas para la imaginación tropical: osos domesticados en Sinaia, cementerios a la memoria de soldados desconocidos en los recodos de pueblos diminutos, castillos medievales en cimas de montañas remotas, chimeneas nucleares abandonadas y, a lo largo y ancho del camino, maquinaria industrial con el distintivo de la Unión Europea. Todo el país estaba en construcción. Al año siguiente, Rumania entraría a formar parte de la Europa oficial, por lo que ya se habían iniciado algunas políticas de maquillaje. La tensión entre el espacio legendario y el urbanismo occidental fue tema de varias sobremesas. La intuición literaria se afincó en ese motivo. Había encontrado un tema, pero no tenía el argumento.

No exagero cuando digo que el azar fue nuestro único GPS. “¿Qué hay en Sibiu?”, preguntó alguno al término de una carretera infinita. “Ahí nació Cioran”. “¿De verdad?”. “En serio”. “Dale”. Y fuimos a Sibiu. El concepto de lucidez o cualquier cosa en la obra de Emil Cioran, ese fue el título de mi tesis de grado en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. En mis años ucevistas, Cioran fue mi Virgilio. Siempre vuelvo a Cioran. Muchas veces, cuando el insomnio me atormenta, se convierte en el mejor amigo del desvelo. Si bien me he distanciado de la estética del crack, no ha ocurrido lo mismo con el viejo Emil. El desengaño de su prosa me resulta tan seductor como en mis lecturas de juventud. Cioran nació en Rasinari, en la provincia de Sibiu, había leído más de una vez en las contratapas de las ediciones de Tusquets. Así, siguiéndole la pista al poeta, llegamos a la Ciudad Europea de la Cultura, 2006. Y fue ahí donde, después de varios encuentros exagerados, inventé mi peculiar argumento. El personaje principal apareció en un piano bar. Sibiu (la Sibiu que encontramos) no se parecía al resto de Rumania. La vitalidad y el espíritu de la gente era diferente a todo lo que habíamos visto en nuestro improvisado recorrido. Las mesoneras del piano bar eran preciosas, simpáticas; hablaban un español cantarino y fluido. Una de ellas, al preguntarnos por nuestro país, citó de memoria el conflicto de La gorda bella o Qué buena se puso Lola y definió las nunca bien ponderadas telenovelas criollas como la escuela de idiomas más prestigiosa de Transilvania. El ambiente era festivo y desenfadado. Recuerdo que uno de mis amigos intentó seducir a la mesonera aficionada a la obra de Julio César Mármol pero, de manera estrepitosa, fracasó. El otro comenzó a burlarse. Le dijimos de todo (galán de FarmAhorro, galán de Makro, galán de Almacenes Toledo, galán de Mercal, galán de El palacio del Bloomer, galán de El Tijerazo). Si bien participé de la juerga, mi atención había sido atrapada por una persona que estaba al fondo de la sala, un pianista deforme. El repertorio del intérprete era mediterráneo y latino: Cuesta abajo, Viva España. La Bikina, Que nadie sepa mi sufrir. Al final de la noche, alguien lo llamó desde el otro lado de la barra. “¡Eh, Luzny!”, gritó el desconocido. Y todo vino de golpe: la historia ya estaba escrita, solo había que llevarla al papel. Necesitaba un apellido sonoro, un nombre que me ayudara a dar autenticidad al antihéroe. Compartí la curiosidad con mis amigos y comenzamos a enumerar apellidos de poetas venezolanos. Vicente Gerbasi apareció de tercero o segundo. La traducción al magiar fue lo más sencillo.

 

El manuscrito de  Transilvania unplugged no tuvo fortuna editorial. Cuando la novela estuvo terminada, no supe venderla ni despertar el interés para su posible publicación. El primer borrador solo lo leyeron los familiares de siempre y los amigos más leales. Soy una persona socialmente torpe. No domino el arte de la conversación ni tengo espíritu gregario. En directo, el diálogo me cuesta (soy más dado al escuchar que al decir). Tenía la convicción, sin embargo, de que la novela era competitiva, que a pesar de sus defectos, tenía varias fortalezas e intuiciones que podían resultar atractivas para la crítica literaria. Los continuos desplantes me desmoralizaron. Me cansé de tocar puertas y enviar correos electrónicos a las editoriales de Venezuela. Las contadas respuestas fueron amables, pero dejaron claro su desinterés por el texto. Luego, para cerrar la colección de decepciones, vino un atribulado periplo por concursos literarios. Quemé mi presupuesto en decenas de impresiones, encuadernaciones y envíos por correos certificados. Cometí todos los errores que puede cometer un aprendiz. Mi ambición pecó de ingenuidad y competí en contextos para los que no estaba preparado. La derrota continua, sin embargo, le vino bien al manuscrito. Cada nuevo fracaso motivaba relecturas estrictas, talas formales, supresión selectiva de adjetivos, adverbios e información innecesaria. Hoy sé que el estancamiento de Transilvania fue un riguroso taller de autocrítica.

Todo sugería el rotundo fracaso de mi ambición literaria. La realidad exponía criterios odiosos. Tocaba hacer balance: veintitantos años. Desempleo. Diáspora y crisis. Maestrías interesantes pero, profesionalmente, inútiles. Tiempo perdido. Había que tomar una decisión: seguir apostando por el sueño literario o salir a buscar trabajos alimenticios. La supervivencia impuso sus argumentos. Por esos días, alguien me contó que en Venezuela se abrió la convocatoria para el concurso de novela Arturo Uslar Pietri. Meses más tarde, el 26 de febrero de 2010 a las dos de la tarde, el profesor Carlos Pacheco me llamó para decirme que  Transilvania unplugged había resultado finalista de ese prestigioso certamen. La novela ganadora, para mi sorpresa, también era de mi autoría. Se trataba de un relato juvenil que escribí desde la tristeza, el hastío, la frustración y la más honesta sensación de derrota.

 

Transilvania unplugged es una novela tremendista. Antes de mi viaje a Rumania, no sabía nada sobre ese país. El relato tuvo que pasar por un riguroso proceso documental. Una de las partes que más disfruté de la escritura de esta novela fue la inserción del discurso erudito (bibliotecario) dentro de los márgenes de la fantasía, las posibilidades de juego entre el documento y la ficción. Sin duda, la reconstrucción de esta Rumania (mi Rumania) está llena de oscuridades y lagunas. Cualquier especialista puede tomar el texto y desarmar la trama sugerida. Sin embargo, siempre tuve presente que mi aproximación a la historia contemporánea Dacia sería tendenciosa y fragmentaria. De ahí la necesidad de incluir a José Antonio y Emilio. Ellos fueron el filtro que me permitió medir la verosimilitud de la propuesta. Todo lo que se cuenta pasa por el tamiz de sus subjetividades; el universo que se describe está modelado por sus ignorancias y prejuicios. Creo que, en el fondo,  Transilvania unplugged no pretende hablar de Rumania. Los Cárpatos son una excusa para contar otra cosa.

 

Cuando redacté los primeros episodios de  Transilvania unplugged no podía imaginar que años más tarde, envilecido y decepcionado, contaría una historia de amor protagonizada por una pareja de adolescentes. Blue Label/Etiqueta Azul no existía, ni siquiera era un proyecto. Estas dos historias no tienen nada que ver la una con la otra, no se parecen. Son dos visiones de la literatura totalmente distintas. Con Transilvania quería hacer una novela en la que incluyera todas las cosas que había aprendido en la Escuela de Letras. Desde sus primeros bosquejos, la imaginé como una novela culta, cerebral, más parecida a las teorías que estudié con Luis Alfredo Álvarez que a los accidentes y reflexiones de la vida cotidiana. Las motivaciones de Blue Label/Etiqueta Azul (y de Liubliana) fueron otras. Tengo la impresión de que ahora, casi ocho años después de la redacción del manuscrito, entiendo la literatura de otra manera. La novela, sin embargo, me enseñó muchas cosas. Con la tragedia de Luzny aprendí a cerrar un relato, a pensarlo en todas sus dimensiones, a visualizar cada capítulo con autonomía; a poner en práctica la compleja visión de la totalidad.  Transilvania unplugged me permitió consolidar un método, reforzó la necesidad de la autocrítica y otras exigencias sin las que no soy capaz de entender las fortalezas, los riesgos, las dificultades, las posibilidades y la belleza del oficio.

Desde hace algún tiempo, me enfrento a una experiencia curiosa y recurrente: los lectores aficionados a Blue Label/Etiqueta Azul o Liubliana no me reconocen en  Transilvania unplugged. Muchos me han pedido explicaciones sobre las radicales diferencias que sobresalen entre los textos. Quizás, este prólogo a la segunda edición pueda responder a algunas de esas inquietudes. Yo solo sé que sin Luzny, sin Alina, sin Viorica o Ciprian Ovi, Eugenia Blanc nunca habría salido de su casa. Sin el viaje iniciático de Emilio y José Antonio no habría llegado a Altamira de Cáceres y, mucho menos, al puente de los dragones.