Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Sobre el caso de Ricardo Burguillos

Posted on 8th Apr 2014

Injusticia Algo oscuro se avecina.

Estudié la escuela primaria con Ricardo Burguillos. Hace 25 años, aproximadamente, lo vi por última vez en un patio de colegio. Nunca más hablamos. No lo conozco. No somos amigos. No sé qué estudió, no sé dónde vive, no sé a qué equipo de beisbol es aficionado ni cuáles son sus preferencias políticas. Cuando, hace algunas semanas, leí la noticia sobre el altercado que le costó la libertad, recordé las andanzas de un grupo de carajitos que jugábamos túnel o cero contra por cero en las horas interminables de un recreo de los años ochenta. En ese tiempo, no existían los nombres propios. Todos nos llamábamos por los apellidos. Ahí estaban Azgún, Menna, López, Ferara, Ferreira, Oliver, Spano y, entre tantos, Burguillos. ¡Algo oscuro se avecina!, anunciaba alguno a la llegada de Ricardo. ¡Protector Negro!, gritábamos antes de salir corriendo. Burguillos nos perseguía con la intención de resarcir su honor y deshacer el agravio. Burguillos era un niño moreno. Los otros, condicionados por el racismo ingenuo que, por razones oscuras de las sociedades humanas, se fomenta de manera invisible en las escuelas, utilizábamos la cuña de un popular insecticida para burlarnos de él. Ricardo no toleraba el mal chiste. Todos los que fuimos alcanzados, aprendimos la lección. Tras recibir nuestro merecido regresábamos juntos al patio, a ruchar barajitas de México 86 o a practicar un curioso futbolito de mesa con Fuertes, monedas de dos y de un bolívar. La vida cotidiana de los niños, entonces, no estaba asediada por gases caducados, ruido de balas o adultos iracundos que querían jugar a la guerra.

Hace unos días, un tribunal parcializado e hipócrita dictó una medida de privación de libertad para Burguillos y su hermano. Ricardo cometió un error trágico: salir a comer con su familia. Su intención distendida se vio frustrada por un encuentro. Ocurrió algo. Dimes. Diretes. Ofensas. Reacciones y luego, ante la denuncia de una de las partes, la noticia de la condena. El caso de Ricardo, disperso en un escenario apocalíptico (de asedio cotidiano a estudiantes, desapariciones forzosas, represión, censura y viles asesinatos), ha pasado desapercibido. En la Venezuela contemporánea, gangrenada por los efectos del militarismo, la pérdida de la libertad de un hombre no deja de ser una anécdota, como esos tristes episodios de los jóvenes asaltados que, solo por regresar a su casa con vida, son convidados a darle gracias a Dios porque no les pasó nada. La situación de Burguillos, diluida en este magma de podredumbre, es solo uno de los tantos ejemplos que ilustra cómo, en tiempos de infamia, se interpreta a conveniencia el significado de la justicia.

Los políticamente correctos saldrán al ruedo y dirán (probablemente con razón, no lo sé) que la reacción de Ricardo fue desproporcionada; que la agresión per se califica como delito; los abogados del diablo argumentarán que su comportamiento amerita una sanción ejemplar. No discutiré los laberintos jurídicos que condicionan y califican las reacciones humanas. Solo tengo claro un asunto: la única razón por la que Ricardo y su hermano están presos es porque cometieron la imprudencia de confrontar a un intocable, a un popular paladín del poder, custodiado con mimo por los malabaristas del circo y los propietarios de la carpa. En los últimos meses, han sido muchos los caídos, vejados y humillados que no cuentan con ese privilegio. Para los otros, lo único que vale es el menosprecio y la impunidad.

¡Algo oscuro se avecina. Protector Negro! Ocurrió hace 25 años. Corrimos todo lo que pudimos pero Ricardo nos alcanzó. “Respeta, chamo”, le dijo a cada uno. Recibimos un coquito y un merecido lepe. Nadie, ni siquiera el más cobarde, corrió a acusarlo con Pilar o, peor aún, con el Padre Domingo... En estas circunstancias abyectas, quiero expresar mi solidaridad con Ricardo y sus familiares (a su hermano Juan Carlos, también caído en la celada); solidaridad exportable a los hombres y mujeres de Venezuela que, día tras día, apuestan por la lucha y la supervivencia.

 Algún día, con los testimonios y evidencias correspondientes (frente a un tribunal honesto), se aclarará lo que sucedió en ese restaurante y, solo entonces, si la justicia real lo amerita, pagará quien tenga que pagar.

E.