Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

LA INDIFERENCIA (Correspondencia Inútil)

Posted on 10th Nov 2010

Publicado originalmente en el portal ReLectura en octubre de 2010. / Relato incluido en el libro de crónicas LOS DESTERRADOS (Ediciones B, 2011).

Hola Lo:

Ayer escuché una canción que me volvió mierda. Ayer fui asesinado por Joaquín Sabina.

Una cerveza, un cuaderno, apuntes. Música de fondo en un bar sin nombre. De repente, como insultando a la memoria, la triste crónica de Praga. El barman, un simpático uruguayo, me contó que la canción estaba incluida en un CD llamado Vinagre y Rosas. El piano —el arma blanca de los solitarios— me obligó a enumerar blasfemias, aforismos apátridas… a recordar.

Esta carta es un acto de fe y, al mismo tiempo, el ridículo testimonio de un borracho. Tengo mucho tiempo sin escribir a mano. En realidad, tengo mucho tiempo sin escribir; los asuntos inútiles del mundo me han apartado de las palabras. Tras las últimas noticias, quise esquivar los golpes bajos de la melancolía… pero el hijo de puta de Sabina le escribió una canción a Praga y ahora, con los nervios cariados, sólo tengo cabeza para echarte de menos. Atribuye, por favor, este gesto patético a los efectos del alcohol, entiende que el absurdo forma parte esencial de las tribulaciones humanas y que existen formas de cariño que pueden pronunciarse en lenguajes remotos e impensables. Me queda el consuelo literario de saber que no soy el único idiota que le ha escrito a una persona ausente. Vasili Grossman, el genio ruso que te sedujo con Vida y destino, también le escribió una carta al vacío. Si mal no recuerdo, comenzaba así: «Querida mamá, me enteré de tu muerte en el invierno de 1944. Cuando llegué a Berdíchev, entré en la casa en donde vivías y que los tíos habían abandonado, comprendí que habías muerto». También tengo presente el testimonio desgarrado de Héctor Abad Faciolince —a quien nunca leíste— quien reconoce su afición a una de las más tristes paradojas del hombre, el acto de escribirle a la nada: «Casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro —El olvido que seremos— no es otra cosa que la carta a una sombra». Cristales de bohemia, la canción de Sabina, me recordó tu condición de sombra… tu muerte reciente.

Vine a Praga a romper esta canción / por motivos que no voy a explicarte. /A orillas del Moldava / las olas me empujaban / a dejarte por darte la razón. ¡Qué hijo de puta! Aprovecharé la debilidad del momento, la mezcla abominable de licor y balada, para contarte algunas cosas que nunca te dije, que callé por comodidad, por flojera o porque, ingenuamente, tenía la falsa certidumbre del mañana, de cualquier mañana.

Sabina se pasea por el puente de Carlos, rimando cicatriz con epidemia, y la memoria trae parlamentos perdidos en el tiempo. Tú fuiste la primera que se fue, te largaste a finales de los noventa. No creías en nada, no te importaba nada; decías que el mundo era un chiste malo al que no había que tomar muy en serio. Te fuiste y te perdiste la década tonta, los años mediocres, la vulgaridad en ascenso, la lógica de oprobios. Nunca te gustó Venezuela. Siempre —a diferencia de muchos de nuestros compañeros— admiré tu compromiso apátrida, tu desarraigo militante. Mucho menos te gustaba Caracas. Nadie comprendía tu repudio, tu incomodidad. Perdiendo los modales / Si hay que pisar cristales / que sean de Bohemia, corazón. El odio legítimo por el Ávila te ganó enemistades eternas. Siempre fue más fácil señalarte y condenar tu indiferencia que tratar de entender la naturaleza de tu cáncer. Porque tú querías cambiar de pasaporte, de nombre, de apellidos, de paisaje, porque nunca te gustaron los colores de la bandera, porque Vuelta a la patria te parecía un poema infame, entonces, te convertiste en un referente de lo maldito, en aquello que no debía ser.

¡Ay! Praga, Praga, Praga / Donde el amor naufraga en un acordeón / ¡Ay! Praga, darling, Praga / Los condenados pagan cara su redención. Recuerdo, Lo, que el día que nos encontramos en Praga, teníamos el trasnocho y la curda afincados en el aliento. Te vi y supe que eras feliz; tranquila, impasible, plena; tenías otra cara, tenías otro mundo. Dormimos en hostales baratos y nos emborrachamos y bailamos y caminamos bajo la noche helada con la certidumbre de que ningún Golem saldría de la oscuridad para quitarnos la vida, los celulares viejos o los zapatos sin marca. Tampoco te gustaba hablar de Caracas. Tu pasado era algo incómodo, un lunar, como un tatuaje de pasión adolescente que, con el paso del tiempo, te producía insoportables pulsiones de vergüenza.

Inmanuel me contó que te saliste de la vía, que te quedaste dormida y que volaste hacia un precipicio de concreto allá por los lados de la Guarenas industrial. ¡Maldita sea! ¿Por qué tenías que regresar? Tu voz, entonces, me habla en directo: «Porque yo no tengo un bisabuelo canario, Lautaro. Porque mi primer apellido es González y el segundo es Pérez, porque nací en esa mierda y me jodí», me dijiste alguna vez en una estación de tren perdida en La Provenza. Y te sorprendieron en España. Seguiste el mal consejo de un gestor sin credenciales ni experiencia. Fuiste a Marruecos y volviste a los tres días con la idea de apostar para siempre por los visados de turista. Esa vez caíste. Tras una serie de gestiones inútiles te tocó regresar a Venezuela. Volviste a un lugar en el que no habías estado nunca, a una especie de Hiroshima tropical exterminada por el odio. Volviste y, por supuesto, nadie te reconoció, eras una extranjera. Cuando Inmanuel me contó por teléfono lo que había pasado en Guarenas pensé que habías tomado una decisión complicada; releí tus últimos correos, tus estados de Facebook. «Yo no quiero vivir en esta mierda», me dijiste una vez, por Messenger, antes del fin. ¡Basta ya, Joaquín, basta, basta!

Vine a Praga a fundar una ciudad / una noche a las diez de la mañana. Amigos comunes hablaban de ti con desprecio, con fobia ciudadana. Tu error trágico en la nueva Caracas fue tener una rara conciencia de la libertad y del espíritu. Sin importarte nada, expresabas opiniones humildes, notas a pie de página, comentarios —para ti— triviales. Pero en la ciudad doliente, donde la hipocresía goza de buena fama y credibilidad, cometiste la imprudencia de ser honesta. Porque a ti no te gustaba la euforia alrededor de Gustavo Dudamel, ni te interesaban las columnas de Teodoro, ni te parecía inteligente el humor de Laureano, porque odiabas las caricaturas de Rayma y no tenías ningún reparo en decirlo. Tampoco te importaba afirmar que te llegaba más hondo —mucho más hondo— la música de Gwen Stefani que la de Simón Díaz, que Don’t Speak era el Caballo viejo de tu nación aérea, de tu patria personal e invisible, de tu visión de país. Te lo dije alguna vez y te burlaste, pensaste que era broma: «Esas cosas en Venezuela no se pueden decir, Lo. En Caracas, créeme, todavía existen cruces, potros y hogueras». Siempre decías que exageraba.

Subiendo a Mala Strana / quemando tu bandera / en la frontera de la soledad/ Otra vez a volvernos del revés / A olvidarte otra vez en cada esquina. La mala fortuna se ensañó. Te tocó volver durante la fiesta electorera. El entorno te asfixiaba, querías irte a Argentina, a Brasil; me hablaste, incluso, de un amigo paraguayo que te ofreció su apartamento en Ciudad del Este. Sin conocerte, sin escucharte, te llamaron niní; una señora que no conocías te dijo traidora, irresponsable y roja sólo porque te dio la gana de irte para la playa. Al final —por una leve fiebre— decidiste quedarte en tu casa, fuiste a la UCV y compraste películas quemadas. Amigos comunes te borraron de sus listas de Facebook; incluso Marlene —mi Marlene— denunció tu pasividad y tu desinterés por el futuro. No sabían que tú vivías al día, que el mañana siempre te quedó lejos, que uno de tus efímeros proyectos era enrolarte como voluntaria en una ONG sin presupuesto, en un pueblo fantasma en las afueras de Yakarta. Tú ejercías el derecho a una libertad incomprendida, a la voluntad humillada que sólo logramos entender aquellos que no pertenecemos a ninguna parte, los que preferimos apostar por el juego de luces y tinieblas de la condición humana antes que por un concepto mediocre de país. Nunca te lo perdonaron, Lo. Aquel no era tu lugar ni tu tiempo.

¡Ay!, Praga, Praga, Praga. Inma me contó lo que pasó aquel domingo. Grupos de vecinos, armados de banderas y papelillo, tocaron el timbre de tu casa y te pidieron que fueras a votar, dijeron que ellos te llevarían, que el sufragio era tu deber y responsabilidad. Cuando dijiste que no estabas inscrita en ningún colegio te miraron con asco; ostentaron sus dedos púrpura en tu cara haciéndote entender que ellos eran mejores personas; te dijeron incluso, con muecas repulsivas, que ese país era lo que era por culpa de personas como tú, que la perdición de Venezuela habría de quedar en tu conciencia sucia. Cerraste la puerta con un signo de interrogación en el rostro, volviste a tu pizza fría, a tu película de los Coen y, antes de la medianoche, te quedaste dormida.

Y Sabina insiste. El acordeón y la tuba se manchan de cerveza. Tras el accidente, una buena señora de los tiempos viejos, devenida en espectro, llegó a decir que Dios te había castigado; otro demócrata de turno comentó en Twitter que tu fallecimiento no perjudicaría los porcentajes favorables a la democracia —uno de esos pendejos que siempre tiene algo que decir, un chistosito, un vivo; sin embargo, un buen ciudadano—. La semana pasada le pedí a Inmanuel que por favor dejara de contarme cosas sobre Venezuela; le expliqué que no me hace gracia su Chigüire Bipolar ni me interesan las crónicas eruditas de Prodavinci pero él tiene muy marcado el aciago conflicto del arraigo, él no lo entiende, él —aunque no lo diga— tampoco te entendió. Y hoy, Lorena, borracho, acompañado por Joaquín —quien, sin proponérselo, te escribió una canción hermosa—, me da la gana de honrar tu recuerdo y de decirle a este vaso que echo de menos tu corazón humano, sin cédula ni RIF.

¡Ay!, Praga, Praga, Praga. Siempre te gustó hablar de la muerte, decías que el famoso más allá no era tal, que el fin de la existencia era la mera Nada, que la muerte era oscuridad, un fondo negro. Ojalá tengas razón. La oscuridad, por fortuna, no tiene prejuicios ni complejos colonialistas; en ella no se ve el color de los pasaportes ni las huellas indelebles que, en los días feriados, ensucian de honor los meñiques de los hombres. Allá lejos, hundida en el sueño eterno, nadie te echará en cara tu firme decisión de ser una sombra.

Te quiero,

Lautaro.

PD (Fragmento de servilleta): La canción terminó. Caminar es un ejercicio complicado. No sé qué hacer con estos jeroglíficos. Tengo entendido que mañana nuestro amigo Luis Yslas, en misión secreta, vendrá a Madrid. Creo que le entregaré estas hojas muertas. Le diré que, si lo considera prudente, las incluya en nuestro portal en decadencia, sin fondos ni patrocinantes. Trataré de retomar la columna abandonada.

¡Bella!, pórtate bien. Hablamos. Te buscaré en algún cuento de Kafka. Bye.