Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Sobre los orígenes de "Blue Label". Digresiones y enmiendas.

Posted on 31st Jan 2014

FOTO:Jake Wyman/GettyImage

Texto incluido en "Blue Label/Etiqueta Azul" (Bruguera/EdicionesB,  2013). 

En el prólogo a la edición de 1985 de El mago de la cara de vidrio, Eduardo Liendo  cuenta un  episodio curioso. El escritor estaba trabajando en una biblioteca pública  cuando fue interpelado  por un admirador quien le hizo una extraña solicitud: la clave  para interpretar el sentido de la  novela. «Mi pequeño libro —reconoció tras el  encuentro—, por su riesgo y cuenta», había  generado reacciones impredecibles.  Recordé este episodio cuando, hace unos meses, recibí un  correo electrónico de una  lectora de Blue Label/Etiqueta Azul en el que me preguntaba cuál era el  significado  del enigma. El libro, según su criterio y el de su grupo de amigos, tenía una dedicatoria  encriptada. Nunca imaginé que aquel discreto y personal A la 80 (H) pudiera valorarse como un  acertijo. La verdad es que no existen códigos ni mensajes cifrados. No hay ninguna cábala en esa  apelación, solo un referente concreto: la promoción 80 de Humanidades del Colegio San Ignacio  de Loyola de la que fui profesor y padrino. Nada más. La novela, en parte (solo en parte), se la  escribí como regalo a mis estudiantes. Esta afirmación, citada en distintas oportunidades, ha  motivado algunas leyendas y curiosos equívocos.

Cuando digo que le debo la novela a los chamos solo me refiero a ciertos elementos de atmósfera, pero el asunto de la dedicatoria no deja de ser una anécdota. Escritura y docencia son oficios diferentes que, por cuestiones de azar, ejercí de manera simultánea. Mi trabajo literario es la lectura singular de un país que no entiendo. En mis novelas, procuro formular preguntas a las que sé que brindaré respuestas erróneas e inconclusas. Me interesa explorar el discurso cotidiano del fracaso en un contexto aletargado y difuso en el que, en los últimos años (según mi humilde criterio), la derrota se ha convertido en una virtud loable. Blue Label/Etiqueta Azul es, simplemente, la historia de una derrota, la peripecia de una muchacha vencida, hastiada de un entorno en el que no se reconoce. La novela, en casi todos sus recovecos, es una invención. Los chamos de la 80 solo me dieron un impulso, una excusa, un entorno ideal para recrear un malestar creciente, personal y nato. En realidad, si Eugenia Blanc se parece a alguien es a mí.

Mi primera noción de la amargura se forjó en la infancia. En las mañanas, no había nada peor que despertar para tener que cumplir con los burdos rituales del colegio. Nunca me gustó rezar (y nunca recé), nunca me gustó cantar el himno nacional (y nunca lo canté). Solo participaba en esos montajes de bajo presupuesto para pasar desapercibido y fingir que tenía algo en común con el centenar de niños que, en apariencia, no tenían conflictos de fe ni de patria. La escuela primaria fue un episodio gris e intrascendente, una barajita repetida, una película mala (doblada), una amenaza cotidiana contra mis intuiciones de que el mundo que me contaban en las aulas no tenía interés ni sentido. De aquellos años de cautiverio, recuerdo con cariño a una maestra llamada Genoveva: ella me enseñó a leer, mi problema fue que en lugar de enfocar la lectura en las actividades escolares, me dediqué a consumir lo que ciertos entendidos denominan literatura chatarra. Si algún libro aparecía en el programa de estudio o era recomendado por los profesores de Lengua y Literatura era condición suficiente para no tomarlo en cuenta. Mi adicción por los bestsellers comenzó a los diez años. Sidney Sheldon fue mi Virgilio; V.C Andrews, mi Beatriz. John Grisham fue mi primer Borges. No sé por qué razón me inventé una rebelión sorda, perezosa e inerte. Nunca tuve espíritu gregario por lo que no pertenecí a ninguna tribu de excluidos o clubes de entusiastas/derrotados. Como Eugenia, era un comprometido solitario que tenía la terrible convicción de que el colegio duraría para siempre.

El bachillerato impuso el estigma del mes de septiembre. En cinco años de Educación Media reparé más de diez asignaturas y además, en noveno, ostenté el título de repitiente. Siempre me gustó leer y escribir pero nunca fui capaz de asociar esas inquietudes con el programa colegial. Tenía la clara conciencia de que leer las cosas que yo leía era perder el tiempo, de que las estupideces que redactaba en la parte de atrás de los cuadernos no le interesaban a nadie y que si quería ser alguien en la vida no me quedaba más remedio que aprender al caletre todas las necedades que, supuestamente, eran importantes pero que no me decían nada. ¿Qué quieres ser cuando seas grande?, pregunta la maestra al inicio de Blue Label/Etiqueta Azul. Eugenia, condicionada por sus circunstancias, apuesta por el exilio. En mi caso, yo solo sabía que quería dedicarme a la invención de ficciones, al cine o a la literatura. La dificultad estaba en que (salvo el caso aislado del grupo de Teatro Huellas) todas las iniciativas artísticas de entonces debían confrontar la censura y la rigurosidad de los maestros-gendarmes (todavía persiste, en algunos imaginarios, la idea de que los estudiantes con inquietudes humanísticas son alcahuetes y vagos que, inevitablemente, terminarán muriéndose de hambre).

Las circunstancias dieron un giro favorable. Mi flojera, curiosamente, estimuló el punto de inflexión. En cuarto año (primero del Ciclo Diversificado, según la nominación ministerial de entonces) me quedó una sola materia para reparación: Literatura. Durante tres meses, bajo la tutoría de mi tía Lilian Sánchez quien, para entonces, era profesora de Castellano en un liceo, aprendí a disfrutar de otro tipo de lecturas. La Ilíada, La Odisea, El Quijote, Doña Bárbara, Cien Años… y La metamorfosis, entre otros, sustituyeron mi afición por Flores en el ático, El informe pelícano, Las arenas del tiempo o Mi dulce Audrina. Dean Koontz y J.J Benítez se convirtieron en autores antipáticos. No solo descubrí un universo de ficciones ocultas. Me di cuenta, además, que podía existir cierta sintonía entre mis intereses reales y las cosas que enseñaban en la escuela. Aquellas lecturas estivales, mientras mis primos disfrutaban del viejo Barlovento, alentaron un cambio absoluto de sentido. (La UCAB y la UCV, más adelante, llevarían a fondo la exploración de ese sentido). Antes de terminar el colegio, entusiasmado por el hallazgo de las Letras, mis hábitos vandálicos desaparecieron, la indiferencia por el conocimiento se focalizó en asignaturas como Geografía Económica o las nunca bien ponderadas Matemáticas pero, en general, el aula dejó de ser un retén.

 La nota de la prueba de reparación alentó mi desconcierto: 20 (en realidad saqué 17 o 18 pero, en ese entonces, cualquier nota superior a catorce era prevista como un Premio Nobel). Hubo, además, otra sorpresa. Días después del examen, mi profesora de Literatura, Yelitza Cira, me llamó aparte para decirme que le había gustado mucho mi examen. No entendí nada. Durante más de dieciséis años había asimilado el estudio como un ejercicio traumático, signado por el caletre y el dolor físico. Los libros y novelas, por el contrario, eran parte del ocio, una forma de entretenimiento, complementaria con las películas y los juegos de Nintendo. En aquel examen, solo me había limitado a contar con mis propias palabras las desventuras de Ulises o la mortificada historia del infeliz que amaneció convertido en cucaracha. Cuando Yelitza Cira, en el transcurso del año escolar, nos invitaba a expresarnos desde lo subjetivo, desde la mera creatividad o a interpretar los textos bajo una mirada personal, yo no entendía lo que quería decir. Mi resistencia tenía valiosos argumentos. Tras una ardua peregrinación por distintos colegios de Caracas, me intimidaba el horror al fracaso o el ridículo, prefería dejar los exámenes en blanco antes que aventurar respuestas que, seguramente, estarían equivocadas. Lo de echar el cuento con mis palabras me parecía algo aventurado. Esa experiencia sobre la indecisión y la falta de confianza me resultó de gran utilidad, años más tarde, cuando me tocó ejercer la docencia. Como escritor, nunca he padecido el llamado síndrome de la página en blanco. No sé qué es. A mí todos esos traumas me sucedieron en bachillerato y, curiosamente, encontré el mismo conflicto en muchos de mis estudiantes adolescentes. «Yo no sé pensar», dice Eugenia Blanc en algún momento de la novela. La frase no es inventada. Me la dijo una estudiante de quinto año que se enfrentaba a un examen en blanco. No fue una afirmación trágica ni melodramática, fue un comentario sencillo, una justificación a su indiferencia y su flojera.  «Di lo que tengas que decir con tus palabras», intenté arengar. «No me sé muchas palabras», expresó con orgullo fingido. «Además, si lo digo con mis palabras, te vas a burlar», agregó. Sabía de lo que estaba hablando. La entendía perfectamente. «Te prometo que no». «Bueno, lo intentaré». Y lo intentó, no dijo gran cosa pero al menos garabateó un par de ideas amorfas e incompletas, mal escritas pero honestas, con errores ortográficos pero propias. Sospecho que, en la Educación Media contemporánea, saber modelar el contenido de esos garabatos es el punto de partida para llevar a cabo cualquier pedagogía medianamente exitosa. Pero los programas escolares, en su mayoría, son indiferentes a este tipo de asuntos. Muchos reglamentos acríticos (conformes con los prejuicios y supuestos de un sistema caduco) asimilan que el docente debe subordinar la formación a la información; dan por sentado que todo lo que se dicta en el aula se aprende (más de “memoria” que de “razón”) y que los muchachos tienen que acostumbrarse a juzgar sus capacidades, exclusivamente, en función de la estadística y la nota. Ese ha sido, durante muchos años, nuestro más idóneo criterio de excelencia. Yo me formé en un modelo de Educación absolutamente maniqueo en el que, desde el preescolar, se establecía una diferencia notable entre los estudiantes buenos y los malos, los que sacaban buenas notas y los mediocres, los que hacían deporte y los débiles, los que seguían al pie de la letra la disciplina cuartelaria y los excéntricos cuyas irreverencias, antes que confrontarlas, era mejor domesticar o invisibilizar a través del recurso de la expulsión. De ahí, quizás, mi simpatía espontánea por los amigos de Eugenia (Titina, Mel, el gordo Jose, Vadier); los inútiles, los impertinentes, los vagos, los que (bajo ciertas premisas) no sirven para nada.

Como docente y como estudiante siempre sentí preferencia por los outsiders. En sociedades como la nuestra, donde los referentes de Justicia, Equidad y Desarrollo son los que son, me resulta muy sugerente la intervención del rebelde, el reclamo legítimo del necio o el desparpajo del chamo que dice que va a dormir en la clase de Sociología porque no le interesa aprenderse de memoria una inútil teoría sobre una sociedad ideal que no tiene nada que ver con la suya. Tengo la impresión de que, en el marco de la Venezuela contemporánea (envilecida, violada, manipulada por discursos de poder absoluto), los posibles agentes de cambio se ocultan bajo las preguntas de los inconformes, aquellos que muchas veces por comodidad (o falta de herramientas), son censurados y excluidos de una Tradición supuesta. Sospecho que, a estas alturas, todos aquellos que fuimos domesticados perdimos el partido. No sé qué pasó pero, sin duda, algo hicimos mal. Día tras día, la realidad nos humilla con las permanentes improvisaciones de una Revolución devenida en esperpento. Solo nos queda el recurso (más que el Derecho) de la indignación y la denuncia. Resulta sumamente difícil construir una ética o una pedagogía en una sociedad postdemocrática y militarizada cuyos principales postulados son la deformación de los relatos históricos, la censura, la represión y el elogio de la ignorancia. La literatura, por fortuna, es indiferente a estos programas; la ficción es inmune a la estupidez.

Nunca he tenido dificultad para separar mis dos oficios. Blue Label/Etiqueta Azul no pretende ser un texto moralizante ni ejemplar. Hace tiempo que abandoné las aulas por lo que las preguntas sobre la naturaleza de la pedagogía contemporánea se han quedado en un viejo archivo de memoria. Yo, a la docencia renuncié. Últimamente, he focalizado todas mis angustias, exclusivamente, en la creación literaria. Las estrategias de la literatura son mucho más indiscretas que las de otras prácticas; provocadoras, promiscuas, irresponsables. Siempre he pensado que el artista tiene la responsabilidad (o el hábito perverso) de mirar más allá, de observar el mundo que lo circunda desde un lugar oscuro, sin GPS ni bombillos de bajo consumo. No existen reglamentos ni responsabilidades morales en las Letras. La creatividad honesta no debe rendir cuentas frente a los laboratorios de extorsión institucionalizados por los militares. Al constructor de ficciones le interesa, esencialmente, comprender; tratar de articular un relato con un mínimo de sentido (al menos para uno mismo). Entiendo que si esos relatos suscitan disgustos e intolerancias en los grupos dominantes, entonces, una parte del trabajo se ha hecho bien.

Quizás, lo que más gustaba de la promoción 80 (lo que me identificó en exceso con ellos) era que, en su mayoría, se trataba un hatajo de inconformes, pregunteros, rebeldes. Cuando los conocí, me encontraba en medio de varios proyectos personales: la mudanza de país era un plan más o menos concreto, los borradores de Transilvania, unplugged aparecían esbozados en algunos cuadernos pero no tenía medios (ni certezas) para poder publicarlos. Las circunstancias, más adelante, justificaron la invención de una historia relacionada con la experiencia escolar, desde dentro y desde fuera. Las posibles inspiraciones e influencias, sin embargo, están difuminadas y filtradas por una especie de caleidoscopio roto. El Yo, como es habitual, lo desbarata todo.

El criterio de esta edición se limita a asuntos formales y estilísticos. Más allá de la corrección de las erratas, no quise modificar mucho el texto original. La atroz muletilla “por demás” fue suprimida en la mayoría de los casos; en la relectura de la primera edición siempre me incomodó esa expresión, aparecía por todas partes. Sí consideré pertinente modificar un asunto: hay un personaje de la novela que fallece en circunstancias muy parecidas a un hecho real que aconteció en el colegio San Ignacio. Todo eso ocurrió mucho antes de que yo entrara como profesor. La situación no deja de ser una desafortunada coincidencia. Seguramente, algún colega me contó el episodio y sin darme cuenta, por esas taras invisibles del proceso creativo, lo calqué sin reparar en posibles agravios. Algunas personas me han informado que la recreación de esa escena ha resultado incómoda (incluso dolorosa) para los familiares del joven fallecido a quien nunca conocí y que ni siquiera sé cómo se llamaba. El contenido en cuestión se reduce a una oración subordinada que no le quita ni le aporta nada a la trama, mero contexto. La supresión de esa referencia es una forma de disculpa a las personas que se vieron afectadas por mi imprudencia. No pretendo que este discreto gesto traiga polémicas o debates inútiles con los casi nunca bien ponderados críticos literarios. Sé que algunos podrán hablar de censura, otros de autocensura y los más postmodernos de exclusiones por condicionamientos socioliterarios. Yo, particularmente, prefiero llamarlo respeto.

Solo me queda expresar un honesto agradecimiento a todas aquellas personas e instituciones que, en los últimos cuatro años, le han dado su respaldo a Blue Label/Etiqueta Azul. A los amigos escritores, libreros, editores, periodistas y críticos; a los profesores que la han incluido en sus pensum de estudio, a los estudiantes y blogueros aficionados; a los lectores que amablemente compartieron y siguen compartiendo sus impresiones en el inframundo de las redes sociales. A la Fundación Arturo Uslar Pietri. A los Libros de El Nacional. A Ediciones B (en particular a Beatriz Rozados) por la apuesta. A José y Tere por la presencia; a Bea por la persistencia; a Cecilia y Mariana por haberse convertido en las más leales correctoras de borradores (y de conciencia). A los chamos de la 80 que, en su mayoría, siguen siendo los últimos de mis viejos amigos… en especial, al tipo irreverente que al terminar una clase de Historia del Arte, me dijo que le gustaría asaltar una estación del Metro con tres bolsas de mierda y a la muchacha atormentada que una vez me contó que tenía un abuelo francés perdido en un pueblo de Los Andes.

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FOTO:Jake Wyman/GettyImage