Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

LA DERROTA

Posted on 9th Sep 2010

Relato publicado, originalmente, en el No.7 de la Revista Literaria Otro Cielo (Argentina). http://www.otrocielo.com/

LA DERROTA. - Antes de que ocurriera el accidente Carlo Venturini sabía que iba a morir. La fortuna apostó en contra; el boceto de una vida nueva fracasó de manera imprevista. Injurias lacerantes caían desde las gradas. El instinto de supervivencia asestó el golpe: saltó sobre el tobillo del contrario; el impacto le destrozó la tibia. Aún había una esperanza. Caminó hasta el vestuario entre abucheos y gargajos. Algunos rivales, sentados en el banco, reclamaron su brutalidad con gestos airados. La afición enunciaba cánticos de guerra. Un emisario de Don Enrico lo esperaba en el túnel. «Sei un uomo mortu», le dijo en dialecto. Diez minutos después, la calma regresó al estadio. El penal y la expulsión de Venturini moderaron los ánimos. El dolor de cabeza insistía con recurrentes latigazos. Apoyado sobre baldosas sucias, con el rostro del pequeño Giacomo haciendo muecas imaginarias, Carlo Venturini lloró sin vergüenza. Violó la ley de Don Enrico. Sabía que nada podría salvarlo.

El acuerdo se cerró sin discusiones o regalías: cien mil euros. Dos días antes del partido, Carlo recibió el cincuenta por ciento. «La otra mitad se te entregará tras la derrota», dijo el emisario de Don Enrico. Aquella sería la primera y la única vez que Carlo Venturini aceptaría un arreglo. «No debe ser tan evidente, ¿entiendes? —dijo el emisario—. Puede haber rumores y no queremos rumores. La idea es perder… pìerdiri, ma pìerdiri bùonu».

El pequeño Giacomo intentaba tomar sopa; sus dedos engarrotados hacían inútil el esfuerzo; sus ojos idiotas enfocaban al padre con cariño. Carlo acarició la cabeza del muchacho; silbó canciones viejas —de los tiempos de los abuelos—, lo sentó en sus rodillas y lo alimentó con paciencia. Contó el dinero, la propuesta de Don Enrico resultaría suficiente. La clínica de Milán podría ayudar al piccirìddu, aliviar su estrabismo, desamarrar sus manos, estimularle el habla. El arreglo parecía sencillo, sólo hacía falta cumplir con un requisito simple, habitual y simple: perder.

El día del partido Carlo amaneció con jaqueca. Las circunstancias tomaron posición y manejaron el azar a su antojo. «Bùona furtùna, Carlo», dijo el emisario de Don Enrico quien permanecía apostado en el túnel de vestuarios. Al salir al campo, Carlo se acercó a la grada, palpó los cachetes de Giacomo; el niño vería el partido con la familia de Alterio. De repente, el sonido del pito. La tensión en las sienes, tras los primeros minutos de correrías y pelotazos, se convirtió en fiebre. Llovizna de verano. Gieco, el entrenador, ordenaba estrategias inútiles. Los conjurados —tres o cuatro en la cancha, dos en el banco— hacían el mínimo esfuerzo; Carlo sabía que Alfredo, en la banda derecha, era el paladín de los traidores, el más eficaz gestor de resultados. Los únicos integrantes del equipo que hacían un esfuerzo animal por tener el balón y detener el ímpetu del contrario eran los jóvenes; los muchachos de dieciocho o diecinueve años que, por primera vez, participaban en algo parecido a una competencia. Gieco sabía que Alfredo, titular indiscutible por órdenes de los dueños, era un elemento intocable, perjudicial pero intocable.

Gieco confiaba en Venturini. El entrenador sabía que Carlo había hecho toda su carrera —su pobre carrera— en el club; él había estado el año del ascenso a segunda y el día inolvidable en el que —en partido de Copa— derrotaron al equipo de Turín, a la grande vecchia; también estuvo en la mudanza del estadio, en la bancarrota, en la huelga. Carlo era de los viejos; tenía treinta y cuatro años. Tenía, además, la tragedia de la casa: la mujer infame, el muchacho tarado. Gieco, cansado de acuñar derrotas prepagadas, sólo podía confiar en Carlo y en los párvulos para sacar adelante aquel partido. La posible victoria sólo dependía de ese vejestorio inútil y del grupo de imberbes que, sin técnica ni estilo, salían con entusiasmo a matarse sobre la cancha. Cuando Carlo, sin intentar el corte ni la falta, dejó pasar a su lado a un delantero torpe el viejo Gieco tuvo la primera sospecha.

El azar actuó de mala fe. El rival, claramente superior, no lograba fijar su puntería ni eludir la buena fortuna del portero. Varios balones idénticos, a velocidad de crucero, chocaron contra el travesaño; otros tiros se fueron a la grada. Tras media hora de juego el resultado seguía siendo el mismo del inicio. Carlo Venturini pensó que su cabeza explotaría; el dolor se extendió por el tabique y envolvió sus ojos. La ferocidad del sol imponía severos castigos corporales. Carlo tenía mucha sed; sentía, además, un creciente malestar en la ingle. Cuarenta y dos minutos: nada había pasado. Un breve paneo hacia la grada le mostró el rostro austero del emisario, la desesperanza del viejo Gieco y, al fondo, intentando hacer muecas de alegría el rostro sin forma del pequeño Giacomo. Sintió el balón en sus pies, un muchacho de su equipo con el que sólo había jugado dos partidos anunció el desmarque; con más talento que fortuna el infante le quebró la cintura a un central ordinario. Carlo sólo debía darle el balón, la jugada parecía fácil. Prefirió, sin embargo, reservar el pase; Gieco lo insultó; Carlo volvió al centro de la cancha y le entregó la pelota a Alfredo, el traidor habitual.

Tras un error dudoso el balón quedó aislado en el medio de la cancha; un delantero del equipo contrario lo amarró a sus pies y entró al área con decisión; estaba solo, sin marca. El portero salió a cazar mariposas. «Al fin, terminó la angustia», se dijo Carlo. El dolor de cabeza, en breve receso, le permitió pensar en las calles de Milán, en las terapias, en la sonrisa verdadera de Giacomo. Varado sobre la cancha sintió deseos de llorar. Sin embargo, al volver la vista sobre su arco pudo ver cómo el rival, entre nervios y euforia, había mandado la pelota a la tribuna.

Segundo tiempo. Insistía la llovizna. La pasividad de los conjurados era obvia. La fortuna hacía digna oposición. En un momento de incompleta lucidez Carlo Venturini sintió vergüenza, recordó las palabras del emisario: «perder, pero perder bien». El viejo Gieco insultaba al árbitro y pedía movilidad a los muchachos. El portero hizo una parada imposible. Carlo se preguntó por qué razón no lo habían incluido en el acuerdo. Hizo, entonces, un esfuerzo por simular interés, por correr y amagar desmarques. El imprevisto tuvo lugar a los veintidós minutos de la segunda parte. Aquel error decretó su condena; tras la falsa celebración intuyó el funeral inevitable. Luego, en la ducha, con la imaginación tramando torturas dolorosas, trataría de recordar cómo sucedió: recibió la pelota de Alfredo; estaba en tres cuartos de cancha; avanzó unos metros sin determinación; la lentitud del contrario aligeró su finta; uno de los muchachos, el moreno del barrio de Librino, pidió la pelota en el borde del área; el sol le quemaba los ojos, sólo veía sombras, no perdía nada con simular un pase a distancia; sin precisión ni fuerza buscó el centro; resbaló tras el contacto, la pelota hizo una parábola extraña; un central alto —muy alto— buscó el rechace; el portero, intuyendo la trayectoria originaria, se había lanzado para el otro lado. El viejo Gieco saltó de alegría. El cabezazo del gigante fue torpe, más que torpe. Gol en propia puerta. Carlo cayó de rodillas; sus compañeros, los más jóvenes, corrieron a abrazarlo. Alfredo, desde la banda, lo miraba con desprecio.

El error reforzó la migraña; el dolor en la ingle le trabó la pierna; la ansiedad, entonces, se apoderó del otro equipo. Los jugadores jóvenes se aferraron a la pírrica victoria, la segunda en cuatro salidas; más que un partido de tercera categoría parecían disputarse un asunto honorable. El viejo Gieco, entonces, tomó una decisión arriesgada: en el minuto setenta anunció el cambio. Alfredo, el intocable, fue retirado de la cancha. La breve multitud que poblaba el estadio, familiares y borrachos fanáticos, brindó sentidos aplausos y gritó arengas entusiastas. Alfredo se retiró balbuceando groserías, haciendo gestos a la banca. Entró un jugador joven, un crío de Taormina. El viejo Gieco parecía empeñarse en aquella estúpida victoria; sabía bien que algunos de los suplentes —los veteranos, sobre todo— formaban parte de la conjura por lo que no quería arriesgar el cambio de Carlo. A pesar de su mal juego Gieco sabía que Carlo era incorrupto; nunca se había vendido. Intuía que podía contar con él hasta el final del partido aunque, claramente, reconocía que su rendimiento había sido mediocre y sospechoso.

Diez minutos para el final. Carlo Venturini incumplía el contrato y, peor aún, procuraba perjuicios contra el tradicional imperio de Don Enrico. Carlo veía con impotencia la sagacidad de sus compañeros más jóvenes; aquellos desharrapados parecían ignorar que la vida —y mucho menos, el deporte— no merecía tal esfuerzo; que nunca lograrían salir de Catania, que perderían sus años útiles en los céspedes áridos de Sicilia, en los arreglos indecibles y las redes silentes de azar organizado. Un nuevo poste, hallado por un tiro desde media distancia, despertó los temores de Carlo. «Cinco minutos, es el fin», se dijo. Necesitaba el dinero. Necesitaba ganar… perder, en realidad. Aquella victoria imprevista representaba un contundente fracaso. Buscó los ojos del pequeño Giacomo y su mirada se perdió en la grada ausente, en los hijos de Alterio dormidos en el regazo de la madre; Carlo Venturini sintió mucho miedo. El árbitro de la banda anunció que el partido terminaría pronto. No lo pensó, corrió hasta el borde del área; antes de que el delantero rival considerase tirar a puerta o buscar la cómoda posición de un compañero, Carlo se abalanzó sobre su tobillo; puso todo su peso sobre la bota; el otro, intimidado por el salto, buscó proteger su pierna pero no tuvo tiempo suficiente. Carlo Venturini le destrozó la tibia. Penal. Expulsión. Alivio. Insultos desde la grada. La mirada del viejo Gieco pidió una explicación tácita. La trifulca entre los rivales duró poco tiempo. El árbitro pidió la retirada inmediata. Caminó hasta el vestuario con la desesperación dispersa en la migraña. «Eres hombre muerto», le dijo el emisario de Don Enrico. Aún había tiempo, se dijo al desnudarse; podían marcar el penal y aprovechar los últimos minutos, aún podría salvarse. Cerró la puerta del vestuario. Sus manos temblaban, escuchó un barullo de gentes, un escándalo. Buscó la calma bajo el agua. Recordó la historia de Luca Donatti, el jugador del Siracusa que había desaparecido hacía más de tres años; el pueblo contaba que aquel desafortunado traicionó un acuerdo de Don Enrico; el rumor oficial hablaba de torturas, de muerte con dolor. Imaginó poncheras de cemento envolviendo sus pies descalzos, sus pulmones inflamados por agua de mar. Sintió golpes en la puerta, golpes feroces, pisadas animales. La desesperación le rajó el vientre. Lloró y gritó oraciones a Santa Ágata. Buscó alternativas: sobre el lavamanos pudo ver una ventana abierta; era un ventanal ocre, comido por el óxido, que daba hacia la salida norte. Persistían los golpes contra la puerta. Nuevamente, escuchó un barullo desde la cancha. El partido ha terminado, intuyó. Desnudo, apenas cubierto por una toalla, saltó sobre el lavamanos e introdujo medio cuerpo por la ventana. La puerta se abrió; el miedo estimuló la torpeza; Carlo resbaló y cayó sobre el techo de un vomitorio; voló diez metros antes de que su cabeza se abriera en tres pedazos. Lo último que vio fue la figura del pequeño Giacomo que, con un esfuerzo inmenso, había logrado abrir la puerta. Su rostro, por primera vez, había logrado articular la gracia de una sonrisa humana: «¡Ganamos, papi, ganamos!». El aire, en caída libre, llevó a Carlo Venturini el eco más o menos articulado: «¡Papà, papà avìemu vintu!».

Eduardo J. Sánchez Rugeles