Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Ejercicios de admiración:

Posted on 8th Apr 2013

En esta entrega: RCTV y la televisión venezolana (o la memoria como forma de compromiso).

RCTV

La televisión venezolana fue mi primera Escuela de Letras. Nunca aprendí a nadar ni practiqué ningún deporte. Las actividades al aire libre que acompañaron mi infancia sedentaria fueron planificadas en función de los horarios de las telenovelas y las comiquitas. Cuando el pasado cinco de abril, vi por YouTube distintos fragmentos del encuentro de artistas en el teatro Chacao, recordé algunos episodios de esos años de formación. A esos artistas (a su talento, su trayectoria, sus convicciones y su causa), ofrezco este discreto EJERCICIO DE ADMIRACIÓN.

RECUERDOS IMPRECISOS:

La primera vez que leí el nombre de Fiódor Dostoyevski fue en los créditos de Pura Sangre. Muchos años después, cuando me enfrenté a Los hermanos Karamazov, me costó encontrar las correspondencias entre la propuesta audiovisual de Julio César Mármol y el clásico literario en el que, supuestamente, estaba inspirado. La lectura juvenil hizo forzadas transcripciones. El viejo Fiódor Pávlovich tenía los rasgos marcados de Carlos Villamizar. Mi imaginación enajenada les puso a Dimitri, Iván y Aliosha los rostros de Simón Pestana, Rolando Padilla y Vicente Tepedino. El llano venezolano, descrito por la Enfurecida de Luis Silva y los arreglos de El Cuarteto, se confundía con las estepas invernales de Nóvgorod. En mi lectura, todas las rusas se parecían a Lilibeth Morillo.

Pura sangre

La vocación literaria comenzó con las telenovelas. Topacio, Primavera y Rubí Rebelde, entre otras, fueron mis primeras ficciones. El bachillerato fue el lugar ideal para, en las últimas páginas de los cuadernos, cambiar argumentos, usurpar identidades o escribir desenlaces alternativos acordes con los intereses de mi limitado criterio libresco. Durante mucho tiempo, me dediqué a jugar con las expectativas de los héroes, a tomar posición ante la mala fortuna del incomprendido Randú (Henry Soto), el oscuro secreto de Jeanette Rodríguez en La dama de rosa, los amores de Carolina Perpetuo en las playas de isla Caribe o el trágico sino del juez Álvaro Infante (Aroldo Betancourt) cuya familia, paulatinamente, fue masacrada por guionistas indolentes. El erotismo como motivo literario (antes de leer Bataille o Foucault), lo aprendí en sugerentes escenas de Cristal y Por estas calles: una toalla blanca resbalaba desde las piernas esbeltas de Lupita Ferrer. Raúl Amundaray, sumergido en un jacuzzi, las observaba con sobreactuada lascivia. Cuando, años más tarde, vi El último tango en París recordé una secuencia hardcore que sucedía en la tragedia urbana de Íbsen (Martínez) con la que Franklin Virgüez y Margarita Hernández refutaron los criterios de censura de la olvidada Resolución 1.029.

Delia Fiallo, José Ignacio Cabrujas, Kiko Olivieri y Julio César Mármol, entre otros, fueron los precursores del oficio. En algún momento de la adolescencia, César Miguel Rondón dictó la cátedra Kaína. La Maniña Yerichana de Hilda Abrahamz, el Tacupay de José Torres y el intrépido Chalanero de Jean Carlo fundaron un original imaginario. Jean Carlo Simancas fue mi versión personal de Humphrey Bogart. Siempre disfruté el desparpajo con el que entraba a los bares en Mundo de fieras, recuerdo que llamaba a los mesoneros por su nombre, pedía un whisky doble y se echaba en la barra a cuestionar su disyuntiva sentimental entre Rosalinda Serfaty y Catherine Fullop. La inolvidable de Kiko Olivieri vino a ser algo así como mis Memorias de Adriano. Los cameos del teatro también me hicieron recordar los romances utópicos de los primeros años noventa: la joven promesa Nohelí Arteaga me cautivó desde la imagen de créditos de Alma mía (creo que fue su primera novela). Luego, durante la lectura de Don Elías Pino, tropecé con el rostro atemporal de aquella que, durante muchos años, estableció las bases de mi concepto literario de belleza. Se llamaba Ifigenia o Carmen Querida o Eurídice Briceño o Anita Peña o Lara… Marialejandra Martín.

La presentación de Laureano Márquez y Emilio Lovera evocó los viejos episodios de la Radio Rochela. La memoria (ingenua e ignorante) echó de menos algún gag del genial Nené Quintana. Un ejemplo notable de la melancólica pera de boxeo, referida por Leonardo Padrón en su acertado comentario, es el incómodo viraje en las trayectorias profesionales de Emilio y el Nené. No todos los comediantes logran proyectar en pantalla una complicidad tan auténtica como la que ellos aportaron a la Historia Nacional del Humorismo. Plinio Jaramillo y el compadre Jairo Restrepo parecían ser amigos inseparables; la espontaneidad de los hippies y los waperó no era solo una aséptica acotación de libreto, el portu Francisco y su hilarante suegra, más allá de las tensiones domésticas, parecían profesarse un cariño genuino. Pero todos sabemos que el programa revolucionario es indiferente al discurso de los afectos, al respeto por el oficio y el ejercicio cotidiano del compañerismo. La amistad (me imagino) ha de ser valorada por la gerencia roja como un prescindible valor burgués.

El encuentro en el Teatro Chacao también me hizo recordar a los ausentes. Los paneos a la grada tomaron la forma de un variopinto in memoriam. Las ficciones de la infancia, como en créditos de cabecera, me presentaron algunas caras perdidas en el tiempo: María Teresa Acosta, Mariano Álvarez, Héctor Mayerston, Lourdes Valera, Juan Manuel Montesinos, Alexander Milic, Yolanda Méndez, Martha Piñango, Carlos Olivier, Reinaldo Lancaster, Yanis Chimaras, Miguel Alcántara, Pedro “El Gato” Soto, Rafael Briceño, Orangel Delfín, Tomás Henríquez, Amalia Pérez Díaz (y tantos que faltan). Desconozco cuáles eran (o serían) las preferencias políticas de todas estas personas pero, para el beneficio de aquellos que no formamos parte del paradigma oficial, todos ellos tienen un lugar en la humana facultad de la memoria.

EL CASO DE ORO PURO:

La indolencia del tiempo me hizo recordar un inclasificable proyecto de RCTV llamado De oro puro (1993). La gerencia de dramáticos de Bárcenas tuvo una fuerte crisis tras este despropósito. Dalí y Breton, entre otros, habrían alucinado con el argumento. La historia no tenía el más mínimo sentido. «¡Maldita seas, Kuma! ¡Maldita seas!», gritaba en la promoción de la novela uno de los enemigos de la inmortal Auriselvia Luzardo, interpretada por Flor Nuñez. El personaje sostenía una espada de anime, la hoja estaba coloreada con témpera. La escenografía era de cartón-piedra y el mobiliario parecía el material de desecho del circo de los hermanos Gasca. Si alguna vez se escribe la historia social de la telenovela venezolana, será necesario dedicar un capítulo al extraño caso de De oro puro. Ni pies ni cabeza. En el primer capítulo, Vicente Tepedino psicoanalizaba a Hylenne Rodríguez. Los recuerdos, como una mala imitación de la Zazie en el Metro de Malle, tomaban vida propia y se narraban sin ningún tipo de criterio. Alexander Milic era un científico loco. Mauricio Rentería corría por las ciudades arqueológicas de Guatemala armado con metralletas de plástico. Una locura. Ubú Rey en Caracas. El rodaje en exteriores exóticos sirvió de poco; el esfuerzo de actores de talento no logró disfrazar el descalabro. La novela fue un desastre, un fracaso comercial, la burla del rating. Venevisión aprovechó la confusión para retomar los espacios perdidos desde los tiempos de Niña bonita. Un caso curioso el de aquella novela irreverente y fracasada. No resultó, no funcionó. En ese tiempo, era legítimo equivocarse y apostar por proyectos creativos (modelados por la mera ficción) que nunca llegaron a buen puerto. RCTV y Venevisión, entonces, tenían otra manera de ejercer el derecho a la competencia.

GUIÑOS DE LA MEMORIA:

La memoria, vía microondas, trae fragmentos de un remoto canal 8. Muchas personas de las nuevas generaciones desconocen que, alguna vez, Venezolana de Televisión tuvo una oferta cultural original y competitiva. Contesta por Tío Simón fue telón cotidiano de tareas y tardes ociosas. Un plano breve de Julie Restifo coloca sobre la mesa la presentación de  la serie juvenil Cinco de chocolate y una de fresa; el otrora rolo’e vivo Guillermo Fantástico González describe junto a la familia Termini el drama Crecer con papá. Lo que más me gustaba de VTV, además del vespertino Festival de Robots, eran las series de la noche: Hunter, el cazador; Moonlighting, la modelo detective; Myke Hammer; Remington Steele, con temple de acero; Cagney y Lacey y demás documentos audiovisuales que, sin duda, los gestores actuales calificarían como basura imperialista, tarifada por la CIA. El fanatismo, en ocasiones, no permite apreciar los discretos encantos de la burguesía.

De manera intempestiva aparecen los nombres de algunos programas de concursos: La estrella de la fortuna con Corina Azopardo, Match 4 con Juan Manuel Montesinos, Pásalo con Lino Ferrer, A jugar y a ganar con Luis Velazco, Estudio 92 con Carolina Perpetuo y Lilibeth Morillo, Gane con Venevisión presentado por Carmen Julia Álvarez y el amigo de todos, César González o el irreverente y pintoresco juego del payasito incógnito en el popular Circo de Las Cómplices. Se cuelan también escenas de valiosos unitarios: La dulce tía con Gustavo Rodríguez, el clásico Viacrucis en el barrio, La Mano de Tony Rodríguez; los Cuerpos Clandestinos de María Conchita y Franklin Virgüez; Flavio Caballero y Mariano Álvarez disputándose la identidad de José Gregorio Hernández… A veces, como Nelson Arrieta en una canción popular que dice más de lo que aparenta, me pregunto si todo ese trabajo desapareció y se quedó quedó perdido entre las sombras.

EL RECUERDO COMO TRIBUTO:

La nostalgia no es estúpida. Todos sabemos que aquel mundo no era perfecto (Coraven y Marte TV no eran HBO ni Pathé). La democracia noventera tenía muchísimas deficiencias e injusticias visibles. El catálogo de errores legitimó la apuesta por el cambio. El cambio, sin embargo, representó un irredento compromiso con la decadencia, la pobreza de espíritu, el sacrificio de la dignidad colectiva y la institucionalización de la derrota. Los historiadores venezolanos, desde los tiempos de Cecilio Acosta, coinciden en que una de nuestras mayores flaquezas es la falta de memoria. Se dice que somos aficionados al olvido. Considero que la apuesta por la memoria local es una manera legítima de asimilar el compromiso. La reunión de los artistas en el Teatro Chacao me hizo olvidar (quizás solo por un momento) mi habitual actitud de pesimismo y desahucio. Nunca me he sentido cómodo expresándome en términos nacionalistas. Mi visión del mundo prescinde de esas etiquetas. Más que el maquiavélico juego de los símbolos me interesan las personas, el elemento humano. Evito, en el ejercicio de la retórica, hacer apelaciones al gentilicio o a la patria. No me ofende que un músico popular confunda las estrofas del himno. (No me gustan los himnos, ninguno. El de mi país, en particular, nunca lo canté ni pretendo cantarlo). Mi Vicente Salias personal se llama Gustavo Aguado. Nociones como bienestar, calidad de vida, libertad de expresión, desarrollo común y seguridad me resultan más sugerentes que cualquier arenga decimonónica, espada oxidada de héroe o improvisadas caimaneras de cuartel. Creo, sin embargo, en una idea de país (de patrimonio, tradición y memoria) muy parecida a la que, recientemente, defendieron los artistas más representativos de Venezuela en el Teatro Chacao. Este EJERCICIO DE ADMIRACIÓN es un singular reconocimiento a sus trayectorias y a su causa. En estos días inciertos, solo puedo ofrecer estos dispares contenidos de memoria, el derecho tutelado del voto y la expectativa común de que, pronto… muy pronto, Vallenilla (padre) anunciará con su voz exclusiva y atorrante el capítulo final de la barbarie.