Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

La primera abstracción

Posted on 1st Apr 2013

A la memoria de  Guillermo Abdala.

Guillermo Abdala

Conocí a Guillermo Abdala en El Gardeliano. Eran días revueltos: hombres y mujeres desnudos, pintados de azul, improvisaban una jornada de protesta en los alrededores de la UCV; los más entusiastas exponían sus denuncias en el programa A puerta cerrada y hablaban con fervor sobre una hipotética generación del 98. La suspensión de clases fue el motor de la bohemia. Un día cualquiera, Rafael Farías, el mentor de mis años ucevistas, me pidió que lo acompañara a entregar un trabajo en la Escuela de Artes Plásticas Armando Reverón. Tras la diligencia, decidimos tomarnos una cerveza en la mítica taberna de Caño Amarillo. En ese lugar, conocí a un grupo de personajes curiosos que el tiempo se encargaría de convertir en buenos amigos: José Miguel, César y Guillermo (Torkins llegaría más tarde, por esos años, estaba en Brasil).

La timidez condicionó el derecho de palabra. Me perdí los chistes internos y las codas de la complicidad. Fue la primera vez que conversé con Guillermo. Su condición de profesor me obligaba a tratarlo de usted. La vergüenza ante la presencia del docente me hacía vigilar con rigor los excesos (y defectos) de mi vocabulario. La conversación iniciática tuvo un marcado sentido libresco. Me preguntó sobre aficiones y asuntos académicos. Le conté que, por esos días, tendría un examen difícil en el curso Historia del Arte. El pasado 10 de febrero, cuando mi papá me dio la noticia sobre el fallecimiento de Guillermo, recordé que el día que lo conocí en El Gardeliano tuvimos una curiosa tertulia sobre el significado del Barroco. Mi intervención se limitó a exponer resúmenes incompletos y uno que otro subrayado en las guías del padre Arellano. Guillermo me contó su entusiasmo por algunos autores, en particular Caravaggio, de quien admiraba su relación con las sombras. La mirada, sin embargo, parecía indagar en una experiencia privada. Daba la impresión de que quería decirme algo pero no encontraba las palabras.

Aunque, poco a poco, la confianza me permitió tutearlo, Guillermo nunca perdió la condición de maestro. Cada encuentro dignificaba el género del anecdotario. Cronista virtuoso. Memorialista urbano. Amable cuentacuentos de una Caracas visceral y profunda. “Tengo un nexo obsesivo con Caracas”, expresó en alguna entrevista. El conjunto de su obra artística es un claro reflejo de esa obsesión. Siempre tuvo  interés por el concepto utilitario del desecho. Los objetos abandonados, condenados al olvido y a las papeleras, pasaron a ser materia prima de una de sus tantas apuestas escultóricas. En el oficio de la conversación, utilizaba la misma estrategia: nada sobraba, nunca había un tema vano o un relato sobrante. Nunca fui su alumno formal, nunca lo vi en un aula de clases pero sí asistí a distintas ponencias en salones de paso y colegios claudicados.

Guillermo sorprendió a los amigos cuando no llegó a la última cita. La memoria, en jornada intensiva, se empeña en la remembranza de viejas historias, sesiones baladológicas en la barra de Gremisal, tertulias en aulas desaparecidas (Las Américas, El Cordon Blue, La Frasca de Toledo), en sus comentarios sobre el programa de radio de Isa Dobles (del que era oyente asiduo), en los relatos fundacionales del Cuarteto Caraquita contados por su mejor amiga, Ligia Rivera de Abdala. Mi atención recreó con mayores detalles el día del primer encuentro. Recuerdo que se hizo tarde en El Gardeliano. Me despedí de los bardos. José Miguel, entusiasmado con la letra de un tango, fingía atravesar su pecho con un puñal imaginario; César, por su parte, contó con detalles gore un episodio de la serie Punky Brewster y reconoció su interés por la trayectoria de un olvidado actor de reparto llamado T.K Carter (as Mike). Guillermo permanecía con la mirada ausente, con la impresión de que buscaba darle forma verbal a su “pensamiento plástico”, como diría su buen amigo Zacarías García. Me disponía a caminar hasta mi desvencijado Fiat 1 cuando escuché su voz. «¡Eduardito!». En ocasiones, cuando quería dictar cátedra, se valía de los diminutivos. Se levantó, se acercó a paso lento. Su mirada seguía perdida en el piso. «El barroco fue la primera vez en la historia que el hombre occidental hizo abstracción», dejó ahí la sentencia. No se despidió. Dio la espalda. Se fue. Nunca olvidé esa definición de taberna que me enseñó que los mejores conceptos tienen la estructura de lo espontáneo y que la esencia del arte, en la mayoría de los casos, no aparece en los libros de texto ni en las guías eruditas del padre Arellano.

Ejemplo, trabajo, arte y memoria... es lo que queda.