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Noventerías: "Mejor no hablemos de amor"

Posted on 3rd Sep 2010

RECICLAJE:

Tesina de Máster y borrador de novela me mantienen alejado de cualquier intento de escritura. He decidido, para no dejar morir el blog, revisar carpetas viejas, blogs abandonados y archivos sin nombre para ver si, por ahí, tropiezo con algo.

Noventerías, sin duda, fue una de las apuestas web más completas que logramos improvisar. Alguna vez, Cecilia Egan me sugirió la idea de iniciar un diario costumbrista sobre los años noventa en Venezuela. Salieron cosas interesantes; luego, como es habitual, el entusiasmo cayó. En los próximos días, expondré en este espacio algunas de las crónicas que, originalmente, presenté en las Noventerías. Mis personajes Marlene Tavares y Mel Camacho –junto al Pano Malpica de Cecilia-, contaron algunas menudencias que hablaban de la vida cotidiana-caraqueña en los años noventa.

 Además de Noventerías hay por ahí algunos cuentos, ensayos abandonados, novelas muertas, Butacas y Desterrados.

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MEJOR NO HABLEMOS DE AMOR

Por Marlene Tavares.

María Cecilia Egan y Eduardo J. Sánchez Rugeles me han pedido que pase por escrito alguna historia que, grosso modo, resuma la educación sentimental que tuve en los años noventa. Yo fui una adolescente sensiblera. El concepto de pareja que formé entonces fue modelado, entre otros, por Gigi Zanchetta y Fernando Carrillo.

 

También lloré con Niña Luna y, del grupo Menudo, estuve enamorada de Rubén. Con las telenovelas noventeras aprendí las nociones elementales acerca del amor y el odio. Mi vocabulario invectivo se enriqueció con las caracterizaciones de Flor Nuñez y Carlota Sosa. Thalía, años después, horadaría mi concepto de lástima y me haría saber que mendigar y aguantar coñazos es una eficaz estrategia del romance. Los noventa, en el plano amoroso, representaron para mí una experiencia traumática e intensa.

Mi educación sentimental cursó Laura Pausini, Maná, Gianluca Grignani, Soraya y Roxette. Seguí de cerca los dramas musicales Alcanzar una estrella y Baila conmigo. Con ellos aprendí que el amor era un deber adolescente.

El divorcio de mis padres, con argumentos idénticos al de la novela colombiana Señora Isabel –que años más tarde se haría famosa–, me hizo presenciar degradaciones innombrables. Todo ensayo y error parecía demostrar que amar y sufrir eran sinónimos. Sentimiento y lamento, curiosamente, riman y así mi adolescencia, haciendo exégesis de letras cursis de Ricardo Montaner, ejerció variopintas actitudes que hoy, al recordarlas, me producen vergüenza.

 Fui novia de Felipe Rondón desde octavo hasta cuarto año, 1992-1994, aproximadamente. He de decir también que mi último año escolar, a pesar de no ser novios oficiales, fue una pesadilla. Mis recuerdos de Felipe son aciagos en su mayoría. Me pidió el empate en casa de Emilia mientras hacíamos un trabajo de inglés. Durante quince días fue cariñoso y tranquilo. Debí terminar aquella relación tras la primera escena de celos que montó en una rumba en casa de Mel Camacho. Agarró al negro Gonzalo y, sin razón alguna, lo metió de cabeza en una cava. Gonzalo, que en paz descanse (murió en un accidente en 2000) era mi amigo de infancia. Gonzalo y yo cursamos plastilina en el Cristo Rey, nuestras madres formaron parte de la junta de Padres y Representantes. Lo saludé con cariño y Felipe se tapó, se puso bruto. Al día siguiente me dijo que era una puta y que, seguramente, ya me había acostado con el negro. En esa época yo no me había acostado con nadie. Era tan galla que cuando me besaban con lengua me ponía nerviosa y me daban ataques de risa. Después llamó llorando y pidiendo perdón, me envió flores y tarjetas de librería con dibujitos y mensajes pavosos. Lo perdoné.

A pesar de mi desconocimiento por tales greñúos lo acompañé al concierto de Guns N’ Roses. Fue un día horrible. Temprano, al mediodía, mi papá quiso hablar conmigo para explicar que quería separarse de mi mamá. Me llevó al Palacio del Mar y me dijo que él era bueno, noble, pendejo y que la otra, desde hacía mucho tiempo, le estaba montando cachos. Comí una crepe de calamares que me cayó mal, los calamares estaban picantes. Me encontré con Felipe y otros amigos del colegio en el estacionamiento del Poliedro. Teníamos, apenas, tres semanas de novios, no tenía suficiente confianza para decirle, abiertamente, que tenía ganas de cagar. 

Emilia me acompañó a los bañitos de plástico que habían montado los organizadores del evento. Colas de 20 ó 25 carajas rebosaban las cuatro salitas destinadas, explícitamente, a necesidades urinarias. A Emilia, por fortuna, tampoco le gustaban los gringos; ella estaba acompañando a Gonzalo que estaba con Mel y otros chamos del Santo Tomás.

Cuando apareció el Conde del Guácharo pensé que moriría por la implosión y, posteriormente, por la vergüenza. Felipe no se enteró de mi malestar, estaba entusiasmado comprando bandanas de Axl. Guns N’ Roses apareció en escena. No pude aguantar. Tras la primera canción tomé a Emilia de la mano y salí corriendo. 

Aquella madrugada al terminar el concierto, mientras me decía puta, mientras me echaba en cara que lo había dejado solo, que sus amigos se habían burlado de él y argumentaba que, seguramente, había ido a 'jamonearme' con algún amante, no encontré la manera de decirle que tuve que correr hasta el Hipódromo y jalarle bolas a un vigilante para que me prestara el baño de una caballeriza. Me sentía mal y vomité, le dije. ¡Qué pendeja! Nunca he entendido por qué nos produce tanta vergüenza la mierda.

El teléfono, con frecuencia, sonaba en mi casa a la medianoche –era Felipe-. Mis padres, sin embargo, encerrados en sus burbujas, pensaban que se trataba de sus respectivos amantes y se montaban trifulcas insoportables. De nuevo flores, de nuevo canciones de Magneto y de nuevo la pendeja perdonaba.

Dejé de ser señorita, como acostumbraban decir en Caracas, en una casa de Tanaguarena. Afuera soplaba el huracán Bret. Siguiendo el discurso de Thalía o Gigi Zanchetta en Primavera tendría que decir que fui suya, que me entregué a él, que me amó… Malditos eufemismos, el infeliz me mal cogió, me hizo daño, me escupió su porquería en el único pantalón que llevé para la playa y, luego de decirme que me amaba y que había sido un momento muy especial, se fue a beber cerveza con sus amigos y a ostentar un papel secante manchado de sangre. Eso me lo contaron después. Mi estupidez fue tal que en lugar de confrontarlo me molesté con el mensajero (el mensajero fue Mel).

En cuarto año, junto con Emilia y la gorda Melo fui payasita. Amenizábamos fiestas de carajitos y, sin mucho esfuerzo, hacíamos algo de dinero. Era divertido, tranquilo. Siempre he tenido buen rollo con los niños. Fue la peor época de la relación, fue el peor Felipe, el llorón, el violento, el agresivo, el celópata. Perdí a mis amigos, todos se sentían amenazados por mi novio. Los fines de semana vestida de payasa cantando Kikiki-cococó-curucurucuru-cucucú-cuacuá eran una válvula.

Un día se apareció en el Parque del Este donde se celebraba la piñata de un carajito de mi edificio. Me formó un peo delante de todo el mundo ya que, supuestamente, yo tenía rato pistoneándole al carajo de la miniteca. Se alteró muchísimo, incluso, me levantó la mano. Luego me dijo que se iba a matar, que se iba a tirar al Metro, me dijo que yo no lo merecía, me lanzó un discursito patético que, no sé por qué, me conmovió. Él salió corriendo hacia la Francisco de Miranda y yo, tras él, corrí por toda la calle vestida de payaso. Tuve que correr hasta el Centro Plaza donde le perdí la pista. Todo el mundo me veía, fue terrible. Lloraba y se me corría la pintura. La historia, más tarde, se repitió: Marle perdón, yo te quiero, Marle. Perdóname, no lo volveré a hacer.

En las vacaciones de cuarto año, conscientemente, le fui infiel. Me fui de vacaciones a Miami con mi papá. Felipe no quería que fuera. Me pidió, llorando, que no lo dejara solo. Se apareció en el aeropuerto con flores y el poema más trillado de Mario Benedetti. Bajé a tomar algo al bar del hotel Holiday Inn de Miami Beach. Había un negro puertorriqueño que empezó a hacer ojitos desde que entré; ya no podía más, estaba harta. La situación con Felipe era intolerable. El boricua me gustó y, sin conflictos, siendo consecuente con la retórica dramática noventera, me entregué a él.

Contárselo a Felipe, con detalles, fue placentero.” Te monté cachos, -le dije-. Ya no te soporto, te odio, maldito, coño e' tu madre, come mierda”… Dije groserías que nunca en mi vida había dicho, insultos mucho más efectivos que los pronunciados por Flor Nuñez, Belén Marrero o Caridad Canelón. Lloró y lo disfruté. A la semana, luego de mandarme a decir con sus panas que se iba a suicidar y que cambiaría si lo perdonaba, me devolvió mis cosas en una bolsa de Supermercados Victoria. Le dijo a toda Santa Fe que era una puta y que, vilmente, lo había engañado con todo mi salón de clases.

No disfruté mi fiesta de graduación por la aparición intempestiva de Felipe. Sólo cuando me mudé con mi papá y, años más tarde, empecé la universidad pude perderlo de vista.

 Así que Ceci, Edu… ¿Qué les puedo contar? Ustedes, creo, conocieron a Felipe… Era el idiota que nos encontramos una vez en la 4D de Altamira, el de la moto. Mejor no hablemos de amor, se llamaba una canción de los Enanitos Verdes que sonó en el underground noventero. Los noventa fueron una mierda. Mejor, para la próxima, invítenme a hablar de otra cosa.

Marlene