Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Sobre ARGO (Affleck, 2012)

Posted on 15th Jan 2013

ARGO

(Retomando las BUTACAS de la vieja ReLectura).

Nunca me gustaron las películas de Ben Affleck (1972). La comedia romántica no es mi fuerte. Desde sus sinopsis, filmes como The third Wheel (Brady, 2002), Gigli (Brest, 2003) o He's Just Not That Into You (Kwapis, 2009) me resultan inapetentes. El cine de acción contemporáneo (otra de las banderas de Affleck) tampoco logra seducirme. Hay una ética peatonal en películas como Armaggedon (Bay, 1998), Pearl Harbor (Bay, 2001) o Paycheck (Woo, 2003) que, en gran medida, estimula mi reticencia. Me gustó la pieza negra Hollywoodland (Coulter, 2006). Considero que, en ese filme, el actor se enfrentó a un personaje exigente cuya fuerza dramática no dependía de gags ni de persecuciones espectaculares. La excepción, sin embargo, no superó el rigor del prejuicio. Si el zapping tropezaba con Affleck, cambiaba de canal. La experiencia reciente, sin embargo, refutó mi posición con un sólido argumento: Argo.

El trabajo de Affleck (el director) posee cualidades que, a primera vista, permiten hablar de la emergencia de un autor. El crítico Andrew Sarris, en los encarnizados debates setenteros sobre el sentido estético del cine, expresaba que un auteur es “alguien que hace cine, especialmente un director reconocible por su creatividad y su estilo personal”. En los últimos años, Affleck ha dirigido tres películas que, a mi juicio, se adecúan a esta premisa. El actor/director/guionista firmó su mejor libreto (escrito a cuatro manos con Matt Damon) en 1998 (Good Will Hunting, Van Sant). Una década más tarde, tras una carrera actoral exitosa y variable, retomó el asunto de la escritura y se aventuró en la empresa de la dirección. Gone baby gone (2007) y, en especial, The town (2010) insinúan la búsqueda de una estética. Hay un elemento particular que disfruté en estas películas y que valoro como una de las marcas del estilo de Affleck, este es: la inserción del argumento en los espacios de ciudad. Boston (sus iconos, sus arrabales) ejerce un rol protagonista en estos dos relatos. El contexto, como en Las Bostonianas (1885) de Henry James, modela una atmósfera narrativa que enriquece el conflicto y dinamiza el argumento. Rescato, en este sentido (a mala memoria), la secuencia final de The town en el estadio de los Boston Red Sox. En ambas películas, sin embargo, me incomodó el mismo asunto, los excesos del guión: rebuscadas vueltas de tuerca, héroes anacrónicos, giros extraños, romanticismos forzados. El personaje interpretado por Casey Affleck en Gone baby gone, por ejemplo, molesta por su impertinente purismo, ajeno por completo al entorno hostil de los  suburbios; el maniqueísmo develado en el cierre es poco efectivo y enrevesado. The town, por su parte (mucho mejor contada), abusa de la historia de amor incondicional entre víctima y victimario. El formato “ladrón de tu amor”, en pleno siglo XXI, no es del todo creíble. Más allá de estos malestares, son películas que pueden verse con mayor o menor interés y de las que la memoria conserva personajes o secuencias. En cualquier caso, estos filmes-ensayos anticipan la pieza más pulida de Affleck: Argo.

Una advertencia didáctica, expuesta al inicio de la película, condiciona el ejercicio de recepción: basada en hechos reales. Si Argo fuera una historia inventada, probablemente, los comentarios de pasillo, los estados de Facebook, los tweets y las críticas en revistas especializadas serían menos entusiastas. Este es uno de esos filmes que enriquecen el debate sobre la irracionalidad de los hechos humanos y el humor lacerante de la Historia. Un libreto de ficción hubiera resultado, a todas luces, forzado e inverosímil. Sin embargo, el tema que sostiene la película ocurrió; está documentado. El referente apareció tras la desclasificación que la Administración Clinton hizo de algunos archivos referidos a la crisis de rehenes norteamericanos ocurrida en Teherán en 1979.

(En el siguiente párrafo ofrezco una breve sinopsis del filme. No cuento partes esenciales pero estimo que algunas referencias pueden incomodar a quien no haya visto la película. Si algún lector del post aún no la ha visto, lo invito a saltarse este fragmento).

La historia: durante el ataque a la embajada norteamericana en Teherán, seis diplomáticos lograron escapar del asedio y refugiarse en la residencia del embajador de Canadá. Argo cuenta la historia de cómo un agente de la CIA, Tony Méndez (Ben Affleck), confecciona e implementa un curioso plan de rescate. Los burócratas de Langley sugieren una serie de estrategias desinteresadas y ridículas. El plan de Méndez, en ese contexto, aparece como una alternativa desesperada. El agente inventa el rodaje de “Argo”, una falsa película de ciencia ficción, heredera del imaginario de éxitos recientes como la serie El Planeta de los Simios (Byrnes, 1974) o La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977), que habría de rodarse en el Oriente Medio. En este juego de roles, los seis de Teherán serían los integrantes del equipo de producción del filme inexistente. Este es el plan de Méndez: los realizadores se encuentran en Teherán buscando locaciones exóticas. Méndez viajaría a la capital de Irán en calidad de productor asociado, allí se reuniría con los representantes del ministerio de cultura iraní con el fin de otorgar visados al equipo de farsantes. El lugar de la fuga es el más inesperado y difícil: el aeropuerto. Pero el proyecto “Argo” supone también un engaño a la industria del cine. La producción (la falsa producción) debe ser verosímil y seguir los canales regulares de toda película de Hollywood. Méndez viaja a Los Ángeles y, en complicidad con el laureado maquillador John Chambers (John Goodman), contrata los oficios de un productor entusiasta (Alan Arkin). Grosso modo, este es el argumento de ópera bufa que Affleck y Chris Terrio convierten en un drama eficaz, codificado baja las premisas del thriller.

El reparto es una de las decisiones lúcidas de Affleck. Alan Arkin, en particular, sobresale en su caracterización de cineasta desengañado. El director utiliza a este personaje para construir una película autoreferencial: el cine que habla sobre el cine, la intrahistoria de Hollywood, la crítica contra la industria. “El Sha es un santo al lado del sindicato de guionistas”, cita, entre varias líneas memorables, el extrovertido productor. Teherán, por su parte, comparte cartel con los protagonistas. La ciudad no se improvisa en un estudio (en el caso de que se improvise, está muy bien improvisada). El mercado es una locación original en la que el espectador, mortificado por la suerte de los falsos cineastas, se pierde en medio del bullicio. Si Gone Baby Gone y The town eran un complemento audiovisual del callejero de Boston, Argo traza un sugerente recorrido por las esquinas inhóspitas y conflictivas del Teherán setentero. Uno de los planos más atractivos de la película muestra a un solitario Tony Méndez en el balcón de su habitación de hotel. Los montes Alborz, al fondo, otorgan al personaje una soledad parecida a la del viejo Caspar D. Friedrich en su clásico mar de nubes. La inmensa cordillera, hermosa y gigante, manchada de nieve, minimiza al personaje que intuye que su empresa de rescate está llena de lagunas y condenada al fracaso. Affleck, ingestual, impasible, no desentona en su caracterización del agente de la CIA. El héroe es discreto, tímido, es infeliz, bebe y además tiene miedo.

Otra de las fortalezas de la película es el ritmo. Argo no decae. La tensión, en ocasiones, genera notables efectos de claustrofobia y angustia. La lectura pública del libreto ofrece uno de los momentos más dramáticos. Actores disfrazados de marcianos leen un guión sin pies ni cabeza. El público groupie asiste a la presentación de lo que, en apariencia, se presenta como uno de los blockbuster de la temporada. El director, paralelamente, decide narrar un episodio concreto del drama político de la revolución iraní. La lectura del fake coincide con la lectura de un manifiesto. Lo que, en la ciencia ficción, aparece como exceso y motivo de chiste en el discurso político se refiere como drama y tragedia. Esta sólida secuencia expone un amargo contraste entre la flexibilidad de la ficción y la ferocidad del poder. Como thriller, el desenlace en el aeropuerto (afín en dramatismo a El último rey de Escocia (McDonald, 2006), es ejemplar.

El conflicto político de fondo, carta habitual de la crítica sociológica en este tipo de película, no cae en el maniqueísmo panfletario. Argo, por fortuna, no se parece al modelo de tesis y propaganda de Leones por corderos (Redford, 2007) o Redacted (De Palma, 2007). En este trabajo, encuentro mayores afinidades con el formato bélico/documental de Kathryn Bygelow (Hurt Lucker, 2008/ Zero Dark Night, 2012) o el Black Hawk Down (2001) de Ridley Scott.

La experiencia de Argo, y la revisión de trabajos como The town, revocó mi prejuicio contra Affleck. Peter Biskind, en su ya clásico Sexo, mentiras y Hollywood (Anagrama, 2006) cuenta, entre otras historias de vecindad farandulera, los inicios de este joven autor desde que trazara los primeros borradores de Good Will Hunting. El relato sobre las oscuridades y trampas del inframundo fílmico es interesante. Entiendo, según IMDB, que Affleck forma parte del reparto de To the wonder, la nueva película del controversial Terrence Malik cuyo Árbol de la vida (2011) produjo, al mismo tiempo, aplausos, elogios, denuestos y bostezos. Es probable que, en un futuro zapping, si vuelvo a tropezar con este autor bostoniano, mi curiosidad le ofrezca algo más que el merecido beneficio de la duda.