Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Perdido entre la decepción y la belleza

Posted on 15th Aug 2012

Descansar ya no es lo que era. La vida cotidiana, incluso en los llamados días de asueto, está condicionada por el estrés y la neurosis. No me gusta la rutina de mi siglo. Mi reticencia se funda en la creciente inactividad de la memoria. Todas las mañanas me pregunto cómo sería la vida sin la férrea vigilancia de un teléfono celular o el cancerígeno BlackBerry. Me incomoda reconocer que formo parte de una generación anestesiada por Facebook y Twitter. En nuestros días, la felicidad y la desgracia se reducen a 140 caracteres o un aséptico Me gusta. Google y Wikipedia, entre otros demiurgos, transformaron la experiencia estética en mera información. El sopor del siglo también ha contaminado el diseño y el goce de las vacaciones. No hay lugar para la conmoción ni la sorpresa. El reposo y el placer se vuelven categorías extintas. Contaré un par de casos que resumen mi experiencia de la decepción.

Durante muchos años me aficioné a la invención de Florencia. Las imágenes del libro Historia del Arte de Cándido Millán (octavo grado) me permitieron trazar un primer borrador. Entender la pintura fue una serie que, alguna vez, publicó El Nacional o la revista Bohemia. Aquellos libros fueron el pilar de mi Florencia personal. Sandro Botticelli se convirtió en ídolo juvenil, en un virtuoso constructor de fetiches. Omnivisión Multicanal, por su parte, presentó un martes clásico La agonía y el éxtasis. Desde entonces, Miguel Ángel Buonarroti posee el rostro severo de Charlton Heston. Mi imaginario florentino también se enriqueció con la lectura del Dante, Maquiavelo, Guicciardini y, entre otros, el Bomarzo de Mujica Lainez. Florencia fue un compendio de placeres librescos que entre compromisos académicos y limitaciones de presupuesto quedaba demasiado lejos.  La Toscana, con el paso de los años, se convirtió en un destino imposible. En aquel tiempo, las vacaciones quedaban en un lugar cercano, despojado de cualquier tipo de romanticismo: Tacarigua de Mamporal, en Barlovento.

Belleza y decepción. Visité Florencia en el verano de 2007. Una huelga de trabajadores del aseo urbano saturaba las calles de basura. Un mesonero latino contó que, en ese tiempo, existía un conflicto irresoluble entre dos alcaldes de grupos políticos adversos. Los servicios públicos habían sido los principales afectados por el debate. La electricidad vacilaba; algunas plazas permanecían en la oscuridad absoluta. El Ponte Vecchio estaba rebosado de indigentes y escombros. El Arno era igualito al Guaire. El bazar de la ribera me recordó la entrada del barrio Los Chaguaramos. Por otro lado, la contemplación del pasado exigía sendos honorarios. Todas las iglesias requerían precios exagerados para visitar legados artísticos o lugares de reposo. Luego, tras pagar y entrar en estos recintos, los mercaderes informaban que la mayor parte de las obras estaban cubiertas por andamios o habían sido prestadas a museos de Sydney o Cincinnati. El viaje real, en comparación con el viaje imaginario, resultó una estafa. La Galería de los Uffizi, invadida por japoneses (armados con paraguas y flashes), suscribió el desengaño. En medio del desastre, Botticelli no me dijo nada. Observé las pinturas con atención y caí en cuenta de que me las sabía de memoria. Aquello ya lo había visto (en libros, en catálogos, en guías, en revistas, en Internet). Había puesto tanto empeño en aprehender la belleza que, a la hora de confrontarla, no la reconocíInicié, entonces, una reflexión mortificada sobre los crueles contrastes entre la imaginación y la vivencia. Con profundo pesar, me di cuenta de que en un vano empeño por estar a la altura de la Historia, la Crítica Literaria y la Educación Estética había sacrificado la experiencia reveladora del arte.

Otra decepción, diferente pero idéntica, ocurrió en la isla de Malta. Joan Manuel Serrat, entre otros, es responsable de mi contemplación acrítica del Mediterráneo. Un verano reciente, elegí Malta como destino turístico. El argumento real, al margen de los versos serratianos, fue de carácter económico: los costos eran asequibles. Con el fin de evitar desencuentros entre lugares imaginarios y lugares reales preferí asaltar una ciudad sobre la que no tenía ninguna noticia. La tara académica-libresca, sin embargo, alentó un intuitivo research.  No fui capaz de confrontar la pulsión de escribir "Malta" en Google y explorar el Aleph de Wikipedia. El rumor sobre los Caballeros de la Orden de Malta forjó las primeras expectativas. Después de mucho tiempo, volví a ver El halcón maltés. Repasé, además, los pasajes de la vida de San Pablo en los que se relata el naufragio del apóstol en las costas de La Valeta. Cometí el error habitual: viajé antes de viajar. No me di la oportunidad de la vivencia, de estar ahí y dejarme impresionar por la naturaleza o el sublime compendio de las costumbres humanas. Cuando llegué a la bahía de San Julián encontré una versión expresionista de Lecherías, administrada por urbanistas ignorantes. La bahía de San Julián es uno de esos lugares cuya belleza natural ha sido desvencijada por el aciago concepto del resort. La construcción improvisada de condominios, hoteles y malecones convirtió este lugar del mundo en una de tantas ciudades artificiales, en otro paraíso prefabricado con conexión WiFi. Como en el caso del héroe proustiano, la imaginación se llevó el crédito y el mundo no estuvo a la altura.

Memoria del hastío. Este testimonio, referido a mis decepciones y entuertos con el siglo, no pretende ser un acto de protesta. Simplemente, ejerzo mi derecho al hastío. Soy consciente de mis contradicciones y anacronismos. Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer, reconozco junto al viejo Herzog. Me gusta leer en papel. Me gusta observar fotografías amarillas, perdidas en cajas o álbumes comidos por la polilla y el tiempo. Tengo la certeza de que la resolución de la memoria es mucho más óptima que la de Instagram. Durante muchos años, creí que la felicidad y la belleza eran valores ocultos, inscritos en libros, lienzos o ciudades legendarias. La vida me ha permitido conocer distintos lugares del mundo. Algunos de ellos, como Malta o Florencia, dejaron en mi memoria un incisivo malestar. Curiosamente, con el paso del tiempo, la memoria adulta se ha vuelto aficionada a un lugar que nunca me tomé en serio y que siempre estuvo ahí: el viejo Barlovento. Un recuerdo habitual ocurre en Tacarigua de Mamporal, en la casa de mi abuela Celia. Cuando, vencido por las tribulaciones del insomnio, evoco vacaciones felices no recreo las calles de Malta ni las de Florencia. No suelo echar de menos los aeropuertos de mis mundos inventados. En medio de una risa tonta, me conformo con recordar el desayuno abundante de las viejas o el día que disfrazamos un mecate con tierra, amarramos a mi primo Nelson y, en el medio del patio, lo paramos de cabeza. En el fondo, como el viejo Ciorán, solo soy un romántico tardío,salvado por el cinismo.

(Publicado originalmente en la sección Siete Días de EL NACIONAL el 12 de agosto de 2012).