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La última clase

Posted on 21st Mar 2012

Consideraciones en torno a la educación en Venezuela y el vil asesinato de Karen Berendique.

IMAGEN:CARMEN LUNA.

«¡Qué desgracia tener que enseñar la historia de esta mierda!», escribí en la parte de atrás de un voucher. Transcurría, entonces, el año 2006 y era profesor de la cátedra Historia de Venezuela. La radio matutina contó las noticias de la Nueva Sodoma. Lo de siempre, ocurrió un asesinato atroz (hoy día olvidado, como tantos). La indignación me impedía levantarme. En una hora, aproximadamente, comenzaría mi clase en el colegio. En la mesa de noche encontré un voucher y un bolígrafo sin mucha tinta: «¡Qué desgracia…», escribí.

Con idéntico malestar al de aquella mañana he seguido las noticias en torno al asesinato de Karen Berendique. El testimonio que mi amigo Valmore Muñoz Arteaga expuso en su blog reforzó la indigestión. Valmore fue profesor de Karen en el Colegio Alemán de Maracaibo. La empatía natural del oficio desbarató mis nervios. Si la docencia se ejerce con vocación suficiente, asimilar el asesinato de un estudiante debe ser un golpe tan fuerte como aquellos que, con gran pesar, enumera el poeta Vallejo.

La madrugada madrileña, diluida en litros de Valeriana, me lleva de la mano hasta el colegio. Una vez más, la profesión me insulta y me reclama por los años de ausencia. Uno de los mayores problemas que percibí durante mi ejercicio de la docencia tenía que ver con el desencuentro generacional (la taxonomía del abismo). La distancia entre el universo de los chamos y la fábula pedagógica prevista por programas, reglamentos y ministerios altruistas tenía dimensiones abruptas. Como docentes, nos costaba mucho establecer diferencias prácticas entre formación e información; no sé por qué, vulgarmente, privilegiamos la segunda. Nunca asimilamos de buena manera el hecho de que a muchos de los estudiantes no les interesara lo que teníamos que decir. Tampoco nos dimos cuenta de que el mundo en el que ellos se desenvolvían no aparecía reflejado en nuestros esquemas, planificaciones trimestrales, mapas mentales o presentaciones de PowerPoint. Muchos años después, creo que los entiendo. El desdén por esas clases tiene mucho sentido. No se le puede dar importancia a ningún tipo de contenido cuando lo único que está en juego es la supervivencia. Nuestro presente, entre otras cosas, ha vulgarizado el concepto de felicidad. Hoy día, la alegría de los hombres y mujeres de Venezuela pasa, simplemente, por saber si nuestros padres, nuestros hermanos o nuestros hijos, regresarán a casa. Para nosotros, cada despertar se ha convertido en un privilegio. Bajo este criterio, aquello que las escuelas entienden por educación, a todas luces sobra.

Siempre, quizás por esnobismo, ejercí una retórica ridícula a la hora de confrontar a mis estudiantes. Aquel estilo polite, sin embargo, era eficiente, marcaba las distancias necesarias. Me gustaba arengarlos con el prefijo jóvenes. A las niñas, las llamaba señoritas y a los muchachos, caballeros. Ellos respetaban la jerga, disfrutaban del anacronismo. La amargura de esta madrugada me invita a improvisar una lección que nunca que di, a regresar al viejo salón, a llenarme las manos de tiza, a dictar una última clase.

¡Jóvenes! En la clase de hoy, en lugar de revisar las inútiles reformas de Eleazar López Contreras, sobrevaloradas e improvisadas en su mayoría, centraré la discusión en lo único que importa: en el aturdimiento, en la indignación, en la rabia domesticada, en la sensibilidad perdida, en los funerales de la patria, en el desahucio, en el fracaso escolar, en la inutilidad que, para muchos de ustedes, supone estar aquí. Los invito a que expresen libremente su vergüenza, su frustración por haber nacido en este lugar y en este tiempo; a que reflexionen sobre la veracidad de los mitos que muchos de nosotros (los docentes) les hemos contado. Sin mala fe (por ingenuidad), dijimos algunas mentiras. No sean tan severos al juzgarnos. Todos aquellos que tuvimos el infortunio de nacer en este país entre 1970 y 1985, arrastramos muchas taras en nuestro imaginario. Somos responsables de haber heredado la memoria acrítica de la Gran Venezuela, la fantasía de una democracia perfecta, el fetiche del petróleo, los contenidos erráticos de una eticidad enferma. En la actualidad, quizás solo nuestros abuelos puedan ser capaces de afirmar con orgullo que esta pensión de Babel alguna vez fue digna. Entiendo, sin embargo, que si utilizamos la referencia del presente, la dignidad aparece como una palabra hueca.

Jóvenes, esta es la verdad, la única verdad: Venezuela no existe. Como nación no somos nada. Lo único que queda, de manera dispersa, es la voluntad del individuo. Si alguno de ustedes considera que exagero, si estas palabras logran incomodarlos, si alguno se ofende, entonces existe la posibilidad de una esperanza. Esa esperanza, sin embargo, exige sacrificios. Comparto con ustedes una discreta estrategia: a este país hay que hacerlo de nuevo. Apelen a la ambición y a lo imposible, trasciendan el equívoco lenguaje de la mediocridad política. No se trata de reformar una ley o de adaptarla a las modas sociológicas del mundo contemporáneo. Se trata de volver a fundar las instituciones, de devolver a palabras como “bienestar” y “justicia” su dignidad originaria. La vieja Venezuela, la que desaparecerá con el ocaso de la quinta república, debe ser un capítulo apócrifo en la Historia Universal de la Infamia. Tengan en cuenta que el presente también ha vulgarizado el significado de los símbolos. Nuestra bandera, por ejemplo, rodeada de moscas y manchada de sangre, solo puede alentar dos sentimientos honestos: el asco y la vergüenza. Tarea para mañana: ¡Límpienla! Cuando puedan, escuchen con paciencia el coro de nuestro himno. Rápidamente, se darán cuenta de que el viejo Vicente miente. Sabemos que, en nuestros días, la virtud y el honor son indiferentes a la ley, que en realidad no somos “bravos”, que los FALS, el gas lacrimógeno y las ballenas nos han hecho cobardes, que hace mucho tiempo dejamos de llamarnos pueblo. Solo somos hombres y mujeres asustados, envilecidos por el imaginario militar, por el discutible carisma de la guerra, acostumbrados al sadismo de dirigentes desalmados. En cualquier ciudad del país, en la urbanización, en la calle del centro o en el barrio, los venezolanos solo tenemos un atributo común: el miedo.

Ayer, una mayoría falsa dijo que no tenía interés en discutir políticamente reformas judiciales o sanciones en torno al asesinato de Karen Berendique, los inútiles votaron y dijeron que no. Y a esta desgracia todavía la llaman democracia. La democracia venezolana no existe, jóvenes, es una estafa. Si ese incomprendido y complejo sistema político resulta de su interés, los invito a revisar sus referentes genealógicos en la Grecia clásica, en la historia del mundo, en las revoluciones reales, en el origen de las naciones, no en este circo mediocre que solo se enorgullece en explotar el hambre de las bestias y la vulgaridad de los payasos.

Leo con curiosidad la noticia sobre un concurso público. Algunos venezolanos se preguntan qué hacer con el viejo aeropuerto de La Carlota. Actualmente, jóvenes, creo que solo hay una alternativa práctica para aprovechar esos espacios: construir un cementerio. Y si lo que quieren es tener trabajo, entonces estudien medicina forense. ¡Vamos! ¡A despertar! Solo podrán ser libres, verdaderamente libres, el día que se den cuenta de que en este lugar fueron rebasados todos los límites de la paciencia. Nos están matando a balazos y, a diferencia de los preceptos ilustrados del siglo XIX, nuestras primeras necesidades pasan por la supervivencia. Conviertan la indignación en consigna, en pulsión y apetito. ¿Qué dicen? ¿Es posible? ¿Se puede? Hoy, viendo el rostro de Karen Berendique en todos los pupitres (y, a través de ella, los rostros de todos los estudiantes asesinados en Venezuela en los últimos años), les prohíbo que pierdan la fe. Si quieren vivir, si quieren confrontar la ignorancia de los asesinos y la ferocidad de los mediocres, entonces, tienen la obligación de inventar un país. A su generación le corresponde el compromiso del despertar y la esperanza.

«Maldito seas tú y todos tus muertos», escuché hace unos días en el Metro. Una vieja gitana mendigaba, atravesaba el vagón y pedía, entre cantos de nanas, una barra de pan. Un adolescente trató de robarla. Ella lo tomó del brazo y lo insultó. La manera como pronunció la ofensa, pausada y con tonos de hechizo, me intimidó por completo. Supe que aquel muchacho estaba maldito para siempre. Lo que está pasando en Venezuela me ha hecho sacrificar todo aquello en lo que alguna vez creí: la idea de decencia, de buena fe, de tolerancia, de la más elemental humanidad… tantas cosas. A los asesinos de Karen Berendique les deseo, de corazón profundo, la maldición de la gitana. Entiendan, jóvenes, que ese deseo no está bien. No quiero que lo imiten. A lo mejor, quién sabe, proyecto la crisis de la edad a través de la abyección y la amargura. Ustedes, por favor, no hagan eso. No permitan que la realidad los destruya. No dejen que la gangrena les ensucie el pensamiento, la memoria o el corazón. Todavía tienen tiempo.

Es la hora. Vuelvan a la calle. Cuídense. Desconfíen de los extraños (unos extraños que, tristemente, siguiendo la lógica de la supervivencia, también desconfiarán de ustedes), eviten las tentaciones de la noche. A pesar de la habitual insolencia de Dios sigo confiando en su bondad. Si él es bueno, si está ahí, entonces le pido con humildad que los bendiga y los proteja. Si no está… que se joda, durante muchos años hemos aprendido a convivir con su ausencia.

No hay tiempo para preguntas. La puerta está abierta. Pueden salir.

E.

Con afecto genuino y mortificación de madrugada…

A DeAvis, Aguerrevere,Turo y Paradisi, entre otros(as).

A las dos Caros, Ploplo, Rolo, Ro, Fer, Fa, los dos Diegos, Luisfe, Víctor, la Maga, Lela, Rebo, Manu, los Porras, Boggs, Mariale, Marcos, Paolillo, Chiqui, Rojas, Dani, la Srta. Hoffman, Arturito, Belén, Cris, Guzmo, Beltrán, Santi, Fogo, Claudia, Cristóbal, Rebe, Carlitos Castillo…

A Tony, Boccitto y los demás de Ciencias...

A la Srta. Rivas, Dani, Amelia, Marín, Urdi, Bule, Cate, la Nana Brin, Luisa, Gil, Garlin, Nina, Luis Esteves (ese espejo cóncavo de mi juventud perdida), Gusy, Juampi, Arriaga, Nacho, los Gabrieles, Machado, el tocayo Castro...

Sé que se me olvidan algunos nombres, me disculpo...Todo es culpa de la madrugada y de la memoria infame. En cualquier caso, faltarán en las letras pero no en el lugar que importa. Los ausentes tienen el aval para insultarme.