Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Sobre el soundtrack de "Liubliana" (Agradecimiento)

Posted on 20th Mar 2012

La única gente que me interesa es la que está loca, la que está loca por vivir, por hablar, ávida de todas las cosas a un tiempo, la gente que jamás bosteza”.

Jack Kerouac. En la carretera.

Kerouac tenía razón. El exceso de cordura, en ocasiones, aburre. Hace un año, aproximadamente, me encontré con un loco en la Plaza Altamira. Conversamos sobre música y literatura. El tropiezo nos permitió concebir la idea de una novela con soundtrack. Meses después, aquella idea irracional logró consolidarse. El día lunes diecinueve de marzo de 2012, Álvaro Paiva Bimbo, el loco de la plaza, grabó con un ensamble sin nombre los últimos temas de orquesta que conforman el Original Soundtrack de “Liubliana”.

Quizás, el lingüista Francisco Javier Pérez pueda tener alguna idea concreta sobre el origen de la expresión pelar bola. Amigos diletantes, borrachos, versados en sabiduría popular y Cortes de Milagros me han comentado sus hipótesis etimológicas: (I) Término deportivo ligado a la disciplina de las bolas criollas. Acción de fallar el boche, la bola pasa de largo ante el objetivo fijado por el lanzador y, por lo tanto, se pela. Imagen retórica del fracaso. (II) Referente de pobreza. Imagen patética de un indigente apenas vestido. El traje ajado deja al descubierto parte de los testículos cubiertos de mugre y rocío. No sé cuál sea la acepción correcta. Lo que sí sé es que, en Venezuela, si alguien sabe mejor que nadie el significado de este slang, ese es el artista.

Todos aquellos que nos empeñamos en sobrevivir en este oficio (sublime y, en ocasiones, cruel) sabemos que pelar bola también es un acto de fe. El soundtrack de “Liubliana” se gestó desde la mera voluntad, desde la falta de recursos materiales, desde la convicción de que, a pesar de contar con un presupuesto risible, podíamos aspirar a la invención de un mundo, a la compleja búsqueda de la belleza.

Quiero utilizar esta entrada del blog para expresar mi agradecimiento a todos los músicos que participaron en la jornada de grabación. Hacer esa convocatoria no fue nada fácil. Dos días antes de la pauta, para reforzar angustias e insomnios, leí con mortificación algunos tweets de Álvaro: que faltaban nueve músicos, que al fagotista le dieron unos coñazos y le robaron el instrumento, que no había director, que no había violas, que uno de los percusionistas había desaparecido. La sala estaba reservada, no habría prórroga. La imprenta, por su parte, exigía tiempos de entrega razonables para iniciar el proceso de compaginación y empaque. Llegó la mañana del lunes. Todavía faltaban tres músicos. El siglo XXI facilitó los trámites: las redes sociales activaron un eficiente efecto dominó. Y así, entre convicciones y estrés, entre amistades viejas y otros aparecidos, se logró reunir a un virtuoso equipo de profesionales de la música. A todos ellos, sin más que agregar: gracias. Para el hombre común la palabra gracias tiene un simpático efecto de cortesía y nobleza. Sé que para el artista, muchas veces, tiene un significado más amplio. Agradezco, igualmente, el apoyo de Beatriz Rozados en Ediciones B cuyo respaldo fue fundamental para llevar a buen término las ideas irracionales de este par de gestores de manicomio.

Skypeamos a las tres de mañana (mis tres de la mañana). Podemos descansar. Todo salió bien, dijo el músico. Cerré la conversación y, de manera intuitiva, caminé hasta la biblioteca. Tomé mi ejemplar de “En la carretera” de Kerouac y busqué el subrayado en las primeras páginas. Sabía perfectamente donde estaba la cita. Leí entre sonrisas: solo me interesa la gente que está loca. Antes de que me venciera el sueño busqué en las carpetas de la laptop un archivo en PDF. Tenía tiempo sin revisarlo, desde que se fue a la imprenta. ¡Cuánto dolor hay en “Liubliana”!, me dije. Escribí esta novela en medio de uno de mis más severos episodios de mortificación humana. El compromiso con la blasfemia, la decepción y la tristeza fue genuino, incisivo y cruel. El soundtrack original compuesto por Álvaro Paiva recoge parte de esa melancolía.

Comparto con los lectores (y los músicos) el primer parágrafo de “Liubliana”:

Al viejo barrio de Santa Mónica

 

Preludio

1

 

«¡El loco, el loco!», dijo una voz infantil. Los niñitos de la cuadra salieron corriendo. «¡Corre! ¡Corre que ahí viene el loco!», gritaron riéndose, escudándose detrás de sus madres asustadas. La escena se repetía todos los días, en horas de la mañana, cuando bajaba a comprar el periódico. Tardé en comprender. La locura es asintomática. Nunca me di cuenta. Tenía la convicción de que era una persona normal… Yo solo quería matar a Dios.

 DISPONIBLE EN LIBRERIAS: 25 de abril, aproximadamente. Caracas. (EdicionesB).