Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Cuadernos de Eugenia Blanc (Fragmentos eliminados)

Posted on 26th Aug 2010

 La tala… uno de los momentos más gratos y, al mismo tiempo, más complicados del oficio. La supresión, en gran medida, determina la forma, la musicalidad, la coherencia, la verosimilitud. A veces, los dedos sueltos sobre el teclado arriesgan demasiado. Habrá otros criterios y otros estilos pero, particularmente, creo que la decisión en torno a lo que se elimina es una parte fundamental de la creación literaria. Citaré, a continuación, algunos fragmentos que decidí excluir de “Blue Label/Etiqueta Azul”. Encontré este archivo por accidente. Limpiaba el escritorio y apareció un documento Word llamado “Eliminados”.

Las razones por las que borré estos párrafos del archivo original son variables: redundancias, impertinencias, pobreza, incomodidad, desagrado. Quizás, algunos de los lectores de la novela puedan entretenerse con estas posibilidades literarias que se quedaron por fuera.

FRAGMENTO 1: Sobre la amistad de Eugenia con Vadier. 

No sé por qué volé este párrafo. Objetivamente, no me disgusta. Muestra a la Eugenia infeliz, intolerante, amarga. Creo que lo eliminé por un asunto de redundancia; me pareció que, en alguna otra parte, Eugenia decía lo mismo con otras palabras.

"Meses después Titina Barca diría una frase que, en conjunto, ilustra parte de mi vida: «la amistad es un espejismo». Conozco muchas personas pero tengo pocos amigos. Es difícil pensar en voz alta, decir lo que se siente y lo que se piensa en compañía de segundos y terceros. He procurado acercarme a personas con las que, a primera vista, percibo afinidades de carácter. El desengaño, sin embargo, ha sido una constante. La soledad estimula el fraude. No sé qué busco en los otros; no sé qué buscan las personas en los otros: ¿Risas, palabras, afecto, contacto? Hace mucho tiempo dejé de sentirme cómoda entre extraños. La amistad adulta exige ciertas condiciones; la confianza, por lo general, es una pantomima. No sé si exista alguna lógica en las relaciones humanas. Si Luis, en aquel viaje, no hubiese estacionado detrás del Fiat Uno de Mel, probablemente, todo habría sido diferente. Mel fue a comprar cervezas y un Vadier, drogado y ausente, decidió acompañarlo. La batalla de pueblo motivó su aparición en el Fiorino. La relación de amistad más sólida que he mantenido en mi vida fue totalmente azarosa; una especie de argumento a favor de lo que Luis, más adelante, definiría como teoría de las coincidencias. Vadier fue un accidente. Cuando apareció cantando Todo mi amor en la maleta del carro nunca imaginé que se convertiría, poco a poco, en uno de mis mejores amigos.

FRAGMENTO 2: Episodio gótico en Altamira de Cáceres con chistes de Vadier.

Esto es muy malo; esto salió por malo, por impertinente. Siempre tuve la percepción de que este fragmento era un ensayo. Es curioso… la carta de Alfonso -el enigma de Altamira- siempre fue un plan B. En principio, en los borradores iniciales dispersos en cuadernos, Eugenia sí lograría tener noticias sobre su abuelo, noticias directas. La idea era construir una especie de episodio gótico en Altamira de Cáceres pero, afortunadamente, ninguna alternativa me convenció. No sólo me parecía pobre –estéticamente- sino que alejaba el relato de su núcleo: la historia de amor entre Luis y Eugenia. Los chistes de Vadier, además, si bien son acordes con el personaje, no me convencieron del todo. A esta opción A le faltó mucho trabajo... demasiado. La descarté inmediatamente. La carta de Alfonso se convirtió en la mejor alternativa por lo que no volví a tomar en serio –ni a revisar, siquiera- la posibilidad de aquel borrador de novela gótica en Altamira de Cáceres... Nunca me sentí a gusto con el chiste racista. Se supone que Vadier es un adolescente atolondrado que podría decir cosas como esa y cosas mucho peores. Tuve la impresión, además, de que mis compañeros del MEEL (Estudios Latinoamericanos) podían denunciarme ante el tribunal La Haya. Lo que en Venezuela puede ser un chiste convencional y popular no necesariamente le simpatiza a todo el mundo. En fin, el contexto general era muy malo y, sin conflicto, me lo volé.

"Carlos Varela nos hizo entrar a La casa de Herminia por el portón principal: una reja de metal oxidado que, por el sonido chirriante, daba la impresión de que no se había abierto en mucho tiempo. El cielo era una cobija negra sin una sola estrella. Vadier y Luis entraron. Caminé hasta la puerta repasando las palabras de Pedro (PERSONAJE SUPRIMIDO). Una figura, al otro lado de la plaza, llamó mi atención: el barrendero sordomudo (PERSONAJE SUPRIMIDO). Me observaba con los ojos abiertos. Lo ignoré. Los temores sobrenaturales de Vadier ya eran suficiente amenaza. Carlos Varela, sosteniendo un anacrónico candil, nos llevó al segundo piso. En una habitación repleta de polvo y telarañas pudimos ver una cama vieja. «Pueden quedarse aquí», el baño está al fondo del pasillo. Escuchamos, entonces, el sonido de una puerta que se cerró. «¿Hay alguien más en la casa?, —pregunté—. «No, ustedes son nuestros únicos huéspedes».

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«Ya deja la mariquera, no va a pasar nada», le dije a Vadier. Hacía frío. El destartalado cuarto parecía una sala de rancho. «Coño, Eugenia, ¿Es que no has visto suficientes películas? En cualquier momento, ese carajo nos irá liquidando a todos uno por uno. Además, como ustedes son la pareja me matarán a mí primero. Es un formato clásico».

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«¿Puedo dormir con ustedes? —dijo Vadier quien yacía echado en una desvencijada colchoneta. Nadie respondió—. Por favor», dijo suplicante. Luis soltó una carcajada de admisión. Vadier se colocó entre los dos y nos besó las mejillas. Hacía frío. Nos arropamos con una sábana asquerosa. Luis hizo chistes sobrenaturales, burlas tremendistas sobre el fantasma de mi abuelo. Estaba tranquilo. El Tratado de Calderas parecía haber despejado todas las dudas sobre nuestra romance. «Vadier, cuenta chistes crueles», dijo Luis lanzando su revista sobre la cama. «No, —replicó Vadier—, es paja. Este lugar me da miedo». «¡Qué carajo!, cuéntalos». Mis pensamientos se ausentaron del cuarto. Mi memoria trazó un triángulo imperfecto entre los rostros de Daniel, Alfonso y Lauren.... «Mamá, mamá —dijo Vadier simulando un timbre infantil— ¡En mi fiesta de quince años quiero tener un vestido largo, muy largo, muy largo, muy largo, muy largo, muy largo! —Luego concluyó—: Sí, mi amor. Tenemos que buscar alguno que te tape la silla de ruedas». A Luis le explotó el pecho por la carcajada, parecía retrasado y feliz. Vadier contó dos o tres barbaridades parecidas. Estaba relajada, cómoda. La atmósfera turbia del pueblo fantasma se disipaba en compañía de mis amigos. «Cuenta chistes racistas», dijo Luis. Vadier, sentándose en posición india, obedeció: «Un conejito y un cochino se encuentran en medio de la selva. Es luna nueva. No hay luz. Los dos animales chocan en la oscuridad. ‘Coño e’la madre’, dice el cochino. ‘Verga, qué coñazo’, dice el conejo sobándose. Los animales tenían miedo el uno del otro ya que pensaban que podía tratarse de algún depredador. El conejo fue el primero que propuso: ‘Mi hermano, hagamos algo, para saber qué somos, propongo que nos palpemos con nuestras patas y así adivinemos qué carajo es el otro. ¿Te parece?’. ‘De pinga’, dijo el cochino. ‘Yo empiezo’. El cochino empezó, entonces, a tocar al conejo. ‘Tú eres chiquitico, tienes la piel suavecita, tienes las orejas largas, ¿Qué vaina es esta? Una zanahoria, tienes la nariz pequeña y húmeda. No joda, tú eres un conejo’. Hurra, celebración, saltos. ‘Sí, sí, soy un conejo’. Arrechísimo. ‘Ahora me toca a mí’. El conejo empezó a tocar al cerdo. ‘Tú tienes esa piel áspera, las uñas gruesas, ¿Qué es esta vaina que tienes acá? Un mojón; tienes la nariz chata, hueles a mierda… tú eres un negro’». El ataque de risa de Luis fue totalmente desproporcionado. Las carcajadas fueron contagiosas. Nuestra hilaridad, sin embargo, fue interrumpida por tres golpes en la pared. Nos quedamos con la risa en la boca. Vadier se metió debajo de la sábana."

FRAGMENTO 3: Hotel 5 estrellas en Mérida.

Esta alternativa no funcionó, nunca me gustó. Había contemplado meter al trío protagónico en un hotel 5 estrellas en la Ciudad de Mérida. Finalmente, me sentí más a gusto en el ranchito que aparece en la edición definitiva. Lo único sólido que tenían estos ensayos eran las intervenciones de Vadier que, sin duda, hacían menos malo lo malo.

"«Les brindaré un hotel cinco estrellas», dijo Vadier al llegar a la ciudad. Luis, demacrado, jugando con mi cabello, se mostró escéptico. «Vadier, es viernes santo. No habrá una sola habitación en todos los hoteles de Mérida». «En eso te equivocas, —dijo el tetrapolar—. Debes tener en cuenta las contingencias». Peter Pan de El Canto del Loco sonó por enésima vez. El negocio de la sucesión funcionó: desde que salimos de Apartaderos iniciamos un tolerante 3x3, Dylan y mi I-pod, alternativamente, sirvieron de score al paisaje. Vadier continuó su exposición: «debes tener en cuenta a los que se mataron en la carretera; es la verdad, en Semana Santa siempre hay muertos. Seguro que esa gente tenía reservada alguna habitación en El Chama o en La Pedrogosa.  Los venezolanos suelen viajar en gambote, por lo tanto, el tío o el primo del infeliz que se cayó por el barranco debe estar alojado en otra habitación. Cuando le avisen que su familiar se despeñó abandonará el hotel y por ahí tendríamos otra habitación disponible. Ten presente, también, a los pelabolas, aquellos que reservaron pensando que les pagarían antes de vacaciones y, a última hora, les dieron un cheque en blanco. Esa reserva se canceló y las habitaciones, en este sentido, deben estar libres. Es viernes, Luis, ten en cuenta al caraqueño prudencial. Mucha gente se toma la semana santa desde el fin anterior y, para evitar el tráfico de sábado y domingo regresa a Caracas los viernes, es decir, hoy. Así que para pagarles el transporte me gustaría brindarles una habitación en la Pedregosa. Tengo real, así que no le paren, —metió la mano en su bolso y sacó un fajo de billetes—. Estos reales, en realidad, son de Mel pero no se preocupen que yo luego se los pago».

Vadier tenía razón. Una familia de Valencia había abandonado el hotel esa tarde. Sólo quedaba una cabaña-suite, pagué sin ver el precio. Me pidieron mi cédula de identidad y entregué el plástico chimbo que, alguna vez, me había tramitado Natalia y que me acreditaba como mayor de edad. Luis, por supuesto, se negó a interactuar. Permaneció oculto en el Fiorino mientras me entrevistaba con un señor gocho. La ruta Apartaderos-Mérida es difusa, mi memoria registra silencio, canciones: Dylan y el Canto del loco acompañados de variopintos teloneros. Cuando dije que pagaría en efectivo el hostelero sospechó. Los billetes de Vadier estaban arrugados y húmedos. Conté una historia sueca que implicaba a delincuentes, carteristas, robo de carros, enfermedades de parientes y no sé qué otro despropósito. Mi cara de niña buena, de alguna forma, convenció al viejo verde y, tras firmar un par de papeles, me entregaron la llave."