Logo de Eduardo Sanchez Rugeles: Historietas, fraudes y mudanzas

Ejercicios de admiración:

Posted on 7th Mar 2012

En esta entrega: Yordano di Marzo.

Me gustan las canciones que celebran el malestar y la tristeza. El insomnio, enfermedad que me acompaña desde la niñez, ha convertido la rutina nocturna en un grato refugio de soledad y pesadumbre. Yordano (1984), la caja negra, aparece en mi memoria en un viejo casete Magnum de sesenta minutos. No soy aficionado al Yordano festivo, lo escucho por respeto y costumbre. “Otra cara bonita”, “Bailando tan cerca” o “Robando Azules” son canciones que, en las clases insoportables del bachillerato, solía adelantar en el walkman. Las canciones que más me gustan son aquellas que, a corazón abierto, formulan una especie de poética de la autopsia. Redescubrir esas canciones, escucharlas con atención, desgranarlas bajo la penitencia de la madrugada es un ejercicio que da sentido al desvelo.

Las baladas de Yordano (muchas de ellas) descubren a individuos derrotados, a personajes que no tienen reparos en reconocer sus flaquezas. Considero que una de las mejores canciones de Yordano di Marzo es “Y así te vas”, incluida en Lunas (1988). Me parece la más honesta, la más cruel, la más difícil de decir y componer. Cuando degusto esta maravilla suelo formular al iPod una pregunta de carácter formal. Es una pregunta bastante estúpida, quizás solo comprensible para aficionados a la disciplina yordanológica: ¿Por qué “Y así te vas” está en Lunas? Lunas, en su conjunto, es un disco alegre, festivo, celebratorio, romántico. “En un beso la vida” es un homenaje del artista al tango y el bolero, una adaptación de dolores ajenos, un sentimiento prestado. La felicidad que destilan “A la hora que sea”, “Queriendo” y “Locos de amor” contamina la atmósfera del disco. Sin embargo, en medio de la fiesta, de repente, Yordano expone la más mortificada de todas sus letras. La bandola cruel de Saúl Vera muestra el camino del Averno, el salto al vacío. “Y así te vas” no es un tema apto para temperamentos depresivos. La angustia taciturna que transmite esta melodía es de las más intensas en todo el repertorio del intérprete. En esta canción, el artista parece reconocer una derrota fulminante e incómoda. El poeta simula hablarle a un tercero pero claramente se intuye que se trata de un hombre que habla consigo mismo. Hay un verso que duele más que otros: no tienes nada/ y quieres darlo todo. E insiste: con un vaso por un lado/ un cigarrillo por el otro y en las manos un vacío que te que va dejando solo. Y no conforme, cierra la estrofa: sin aviso y sin retorno, se te va volviendo nada el corazón. Mezclar esta balada con licor es perjudicial para la salud física y mental de este humilde cronista. En el oficio de la literatura y la canción, el dolor suele ser un complemento natural de la belleza.

Hablar de Lunas exige hacer referencia a una de las más grandes maravillas de la canción latinoamericana, una pieza exquisita que ninguno de mis amigos intensos, musicólogos y clásicos, ha sido capaz de refutar: “Medialuna”… ¡Qué piano! ¡Qué musa, Maestro! Esta balada-jazz es una canción de culto, un argumento a favor de la excelencia.

Siempre he pensado que el fenómeno “Por estas calles” le hizo mucho daño a Yordano, en especial a su trabajo De sol a sol (1992). “Por estas calles” padeció una severa sobreexposición; la melodía fue malograda por el exceso. La redundancia vació de contenido la riqueza de la letra. El último año de la novela (me imagino que a solicitud del intérprete) RCTV dejó de usar la canción y utilizó para la presentación una versión instrumental. Este abuso del single hizo que, popularmente, de todo el conjunto de De sol a sol solo se promocionara en algunas emisoras de radio “Escándalo en tus mejillas”. Buenas canciones como “Quién será”, “Así será” y la melancólica “Cuentas”, pasaron desapercibidas para mucha gente.

El Yordano social, más allá de la innegable calidad de protesta de “Por estas calles”, se oculta en una de las canciones de mi antología personal: “Finales de siglo”, incluida en Finales de siglo (1990). No existe otra canción en la historia de la balada venezolana contemporánea que haga una descripción tan hermosa de Caracas. La referencia a la belleza no es irónica ni forzada. En “Finales de siglo” la ciudad se muestra tal cual es, sin edulcorantes, sin pajarillos, turpiales, ni araguaneyes de plástico. Es ahí donde reside la fortaleza lírica. En la canción hay olor a humo, aroma de gasoil, niños que persiguen a mendigos, mujeres que pelean en el mercado, caderas que parieron doce hijos a cariño, bocas rojas, uñas rotas, mal pintadas. Yordano compuso esta canción hace veinte años. Hay un verso (el último) que resulta muy adecuado para refutar la vulgaridad del presente. Es un verso que habla de los héroes reales, que se burla de los próceres falsos. Yordano hace referencia a las personas anónimas, esos héroes que se fueron, sin saberlo y sin medalla, a finales de siglo. El hombre solitario, además, en medio de la abyección urbana, reconoce la necesidad de compañía, del amor que aparece de repente. A pesar de Caracas, la gente todavía tiene tiempo para enamorarse, pareciera decir.

El iPod se burla cuando exploro las desventuras de Yordano con las mujeres. En este contexto, es necesario hablar de “A flor de piel”. “A flor de piel” es mi “New York, New York”, mi “Simpatía por el diablo”, mi “Volver”, mi más discreto “Adagio”. Vencido por la angustia, el poeta afirma: Entro en un bar, me quiero aturdir. A primera vista, parece un verso simple e indoloro pero todos aquellos que, alguna vez, hemos sido expuestos a la feracidad de la tristeza descubrimos en esas palabras el instinto melancólico de la autodestrucción, la tentación del alcoholismo. La honestidad del doliente enriquece el vacío de la balada: te extraño en cada mentira que digo, le dice a la barra solitaria. ¡Yordano, por Dios! ¡Qué despiadado! Celebro la traición de esa musa fatale que puso a prueba la creatividad de tu nostalgia.

El repertorio romántico es inmenso, cada texto amerita un anteproyecto de tesis: “No queda nada”, “Otra madrugada” (Volver es imposible, lo sé), “No voy a mover un dedo”, “Lejos”, “Con ella no hay salida fácil”, “Aquel lugar secreto”, “Muñeca de lujo”. No diré mucho sobre “Días de junio” ni “Perla negra”. Estas son canciones que, junto con algunos temas de Franco de Vita, Ilan Chester, Frank Quintero y Elisa Rego, entre otros, conforman parte esencial de nuestro más auténtico imaginario y acervo. “Perla Negra” es una tragedia en tres actos, la lágrima de rímel parece tomada de un cuento de Guillermo Meneses. “Días de junio” es un elogio a la sonrisa. Mi pesimismo nato es derrotado desde el primer verso, con la brisa de la tarde y la belleza propia del más hermoso de todos los cortejos en la historia universal de la balada.

Finalmente, para despedir este grato ejercicio de admiración expondré breves consideraciones sobre Sabor de Cayena (1994). Siempre me he preguntado por qué razón en sus últimos conciertos (en los últimos conciertos anteriores a 2007) Yordano nunca interpretó “Besos en la lluvia”. “Besos en la lluvia” coincide en mi memoria con los últimos años del bachillerato. En esa letra aparecen novias viejas, olvidadas en su mayoría o transformadas en amigas entrañables, recuerdos pasados por agua y sacarina. Sabor de Cayena incluye otra canción de cabecera: “La quiero más”. Sencilla, romántica, laudatoria, apocalíptica. El cameo coral de Julio Jaramillo, poeta que escribió con tinta-sangre del corazón, suele ser el bis de mis insomnios.

Me resulta difícil concebir mi historia personal sin las canciones de Yordano di Marzo. Escuchar a Yordano es como ver una película de Billy Wilder. A través de esas canciones procuro encontrar teorías verosímiles que expliquen el doble discurso del corazón humano. Nunca me convenció el coro introductorio de “Algo bueno tiene que pasar”, el La-la-la inicial me disgusta desde la infancia. El ceño fruncido, sin embargo, es derrotado por la magia del primer verso: Todavía me asombra un rayo de sol. No hay pesimismo ni cinismo que sobreviva a este canto de fe. No conozco personalmente a Yordano di Marzo pero sé que “Algo bueno…” le gusta mucho, se nota por la manera cómo la interpreta, por la emoción que le imprime a cada palabra, por el orgullo tácito, por elegirla para cerrar los conciertos. “Algo bueno vamos a lograr”, recitó la última vez que lo escuché en vivo. Cuesta creer que el mismo solitario herido en la barra de “A flor de piel”, aquel que vomitó la noche en “Manantial de corazón” e hizo de la orilla de la playa un lugar de peregrinación para los tristes, sea al mismo tiempo un ferviente paladín de la esperanza, un entusiasta explorador de la brisa.

E.