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MEMORIAL DE AGRAVIOS:

Transilvania unplugged, prólogo a la segunda edición.

   
“Déjame atravesar el viento sin documentos / que lo haré por el tiempo que tuvimos”. Los Rodríguez. Fragmento de canción popular que, en el verano de 2006, escuchamos una y otra vez en las carreteras de Rumania.

Transilvania unplugged fue mi primera novela. Cuando la escribí, no tenía los argumentos (ni la experiencia suficiente) para imaginarla en una librería. La expectativa de su publicación era una quimera. Años más tarde, el balance me sugiere que aprendí algunas de las más arduas complejidades del oficio con la redacción y las continuas revisiones a las que se enfrentó este accidentado manuscrito. Todo lo que hice antes de Transilvania, cuya primera versión (amparada en una cita de Claudio Magris) se llamaba La majestad del asno, fueron ejercicios fallidos, relatos inconclusos que no supe cerrar. La decisión de EdicionesB de reeditar la historia de Luzny Hervazy me permite hacer una reflexión memorialista sobre los orígenes de esta novela primeriza.

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Apuntes sobre Vivo-El Musical (II). La correspondencia

Algunas emociones paralizan. La primera temporada de Vivo, El Musical terminó ayer en (mi) madrugada y apenas he logrado reponerme. La experiencia de la ovación (incluso por audio o clip de video) es uno de los más valiosos privilegios del artista; todos aquellos que no formamos parte del mundo de las tablas, no somos capaces de imaginar el vertiginoso sacudimiento que produce un aplauso honesto. Compartir los aplausos de los últimos días con el equipo de Vivo ha sido una sensación inédita e indescriptible. Ahora que la temporada terminó, me propuse escribir un post contando mis primeras impresiones, pero me preocupa dejarme llevar por los excesos del entusiasmo. Ante la parálisis, ante la página en blanco, dediqué la mañana a revisar mi correspondencia con Carlos Rivas y a examinar cómo se gestó (y se desarrolló) este maravilloso proyecto. Comparto con los lectores de la página y los espectadores de Vivo, una pequeña parte de esa correspondencia. En ausencia de palabras, la emoción apenas me permite hacer un copy and paste.

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Apuntes sobre Vivo-El Musical




Pasé mucho tiempo en el laberinto. La reflexión cotidiana sobre el gentilicio roto envileció mi voluntad y, entre otras cosas, sacrificó el sentido del humor. El año pasado, asediado por las noticias (las ciudades en llamas, los estudiantes ofendidos, la indiferencia del mundo, el desparpajo de las bestias), aposté por la idea del suicido virtual. La soledad absoluta, sin embargo, fue una terapia fallida. La memoria de Venezuela es obstinada; aparece de improviso, empuja, grita. La intención saludable de querer vivir la vida de espaldas al origen, a la tierra yerma, confronta la idea del compromiso y convierte la cotidianidad en un dilema. Por esos días, de manera inesperada, apareció un viejo amigo del colegio con una curiosa propuesta. Carlos Rivas, veintitantos años después de nuestro último encuentro, me llamó por teléfono para contarme que quería producir un musical sobre Guaco. “Y quiero que tú escribas el guión”, afirmó con la convicción de un Corleone.

Ocurrió a mediados de mayo, cuando la indignación y los escombros se arrejuntaban bajo los muros de la patria mía. La propuesta de Carlos Rivas despertó mi interés. La intuición ejerció su derecho al voto. No me di cuenta, entonces, que esa decisión impulsiva sería un eficaz ejercicio de salvamento. La escritura del musical representó un cambio de paradigma. La invención de la trama resolvió muchas de las incógnitas que no había sabido confrontar desde mi radical encierro. El cancionero de Guaco puso fin al malestar. Una madrugada de verano, tomé un bolígrafo, un cuaderno y algunas cervezas. Spotify y YouTube dictaron la clase magistral. Antes del amanecer, había trazado el argumento de lo que, más adelante, se convertiría en “Vivo”.

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La estrategia de la ignorancia

 

El escándalo en torno al extraño caso de la matica de Acetaminofén confirma una aciaga sospecha. Desde hace tiempo, desconfío de este viral (y oportunista) exhibicionismo de la ignorancia. Me pregunto si tales despropósitos son, efectivamente, improvisados o gratuitos. En los últimos días, tengo la impresión de que cada vez que alguien escribe un tuit sarcástico o hace una mención irónica sobre el hipotético cultivo, el gobierno se fortalece. Quizás, en medio de la burla, pasamos por alto la lógica que sustenta estos graciosos (y trágicos) barbarismos.

Los representantes de la política contemporánea no se caracterizan por su erudición o su sapiencia. Si un dirigente cualquiera (en cualquier lugar del mundo) formula escandalosas falacias o conjuga sustantivos irregulares no deja de ser una anécdota, un ejemplo ilustrativo de las flaquezas del siglo, el deterioro del lenguaje y el desprestigio de la retórica. La particularidad del caso venezolano es que, cuando se dan estas circunstancias, no se trata de errores individuales cometidos por sujetos de pocas luces o desinformados. La tragedia de Venezuela radica en que sus dirigentes, a conciencia, promueven esa mediocridad como discurso e interpretan la ignorancia como una valiosa estrategia de recluta. Para la intelligentsia madurista, el conocimiento es una facultad reaccionaria y el pensamiento crítico una forma de sabotaje.

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#MementoMori: El mejor hombre de Inglaterra

 
PELÍCULA: Locke    DIRECTOR:Steven Knight     AÑO:2013

La vida de Ivan Locke se trastoca con una noticia, esperada pero inesperada.  El #MementoMori tiene lugar en un cruce, en el detalle cotidiano de una luz intermitente. El semáforo plantea un dilema complejo: la seguridad (familiar y profesional) o la incertidumbre. Locke toma una decisión, jala la palanca, gira. El sentido del deber lo hace salir de la ciudad y perderse en la soledad de la autopista. Locación única: la cabina de un carro. Un solo actor: Tom Hardy. Las voces de los otros aparecen, intempestivamente, a través del teléfono.

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